Por: Gonzalo Silva Rivas

Positivo legado

Desde que comenzó a rodar el balón mundialista, hace siete días en Brasil, la fiesta del fútbol se prendió, y todo indica que no se dio el negativo impacto de imagen que se preveía como consecuencia de las protestas sociales de las últimas semanas. Los turistas llegaron, y terminaron contagiados de la magia que envuelve a este fascinante país e inmersos en la espiral de locura que despierta un evento de las dimensiones de la Copa.

Las autoridades nacionales calculan que en los treinta días que durará el torneo harán presencia más de 600 mil turistas extranjeros, cantidad que marca historia en los registros migratorios brasileros y que dobla la alcanzada por Suráfrica en 2010. Si las cuentas funcionan, dejarán ingresos muy cercanos a los polémicos USD13 mil millones invertidos en la construcción de la compleja infraestructura adjudicada en torno al certamen.

El ingreso de turistas es fruto del trabajo adelantado un par de años atrás mediante una organizada estrategia que se fortaleció en las 32 naciones clasificadas, y en la que se motivó a los viajeros a visitar destinos diferentes a las doce ciudades sede. La campaña ambientó una novedosa oferta que trasciende las recurrentes propuestas de samba, playa y sol, y visibiliza variadas y bien logradas alternativas culturales y gastronómicas.

La industria turística de Brasil vive un prometedor cuarto de hora. Al término de este año proyecta el ingreso de 7.3 millones de visitantes. Y para 2016, con la celebración de los XXXI Juegos Olímpicos, pretende multiplicar la cifra. La apuesta para estos logros comienza a dar resultados. Sacando provecho a la experiencia ganada con la Copa de las Confederaciones, el coloso suramericano se dio a la tarea de liderar ambos certámenes y hoy pasa la prueba. Los caudales de turistas que han llegado y los que se avizoran le permiten canalizar cuantiosos recursos que contribuirán a su recuperación económica
La organización de mega eventos deportivos, propensa a exigir elevados estándares de calidad, puede resultar siendo un desafío de alto riesgo para las azarosas economías emergentes. Pero tarde o temprano les conlleva beneficios a los países anfitriones. Es el caso del Brasil que, aunque soporta un cielo encapotado por huelgas y manifestaciones, empieza a alejar nubarrones del horizonte con la dinámica de su turismo, el incremento del consumo, el ingreso de divisas y el apalancamiento de su imagen internacional.

Construir 173 mil nuevas camas, alistar centenares de atractivos turísticos, ajustar 270 terminales aéreos y revitalizar siete puertos para cruceros, como lo hizo, resulta una apuesta ambiciosa para su industria turística, que trascenderá tanto Copa como Juegos, y dejará un positivo legado de obras que habrá de impactar en el desarrollo del sector.


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