Por: Luis Fernando Medina

Post-obituario de Carlos Gaviria

Ha pasado una semana desde la prematura desaparición de Carlos Gaviria. Digo prematura porque, aunque tenía ya 77 años, la muerte de alguien así siempre será prematura aunque viva más de 100 años; siempre hubiéramos querido tenerlo más entre nosotros.

En los días transcurridos el lector seguramente ha tenido ya la oportunidad de ver perfiles del maestro Gaviria escritos por gente que lo conocieron mucho mejor que el suscrito y habrá tenido ocasión de pasar revista de las muchas virtudes que lo adornaron, desde su calibre intelectual hasta su reciedumbre moral, pasando por su pulcra trayectoria de hombre público. Por eso, en lugar de repetir lo que ya muchos han dicho mejor de lo que yo podría decirlo, trataré más bien de hacer un “post-obituario”, un análisis sobre por qué los obituarios de Carlos Gaviria fueron los que fueron.

Cuando me enteré de la muerte de Carlos Gaviria no pude evitar hacer un paralelo histórico y acordarme de otro dirigente de izquierda, también antioqueño, también conocido como “maestro” en su tiempo, también académico, también merecido receptor de simpatías a todo lo ancho del espectro político y también candidato presidencial con cifras electorales destacables para la izquierda (aunque, claro está, mucho menores que las de Gaviria): Gerardo Molina. Mi propósito no era saber qué sitio ocupa cada uno en el panteón de la izquierda colombiana. Actuaron en momentos históricos muy distintos de manera que eso sería un ejercicio un tanto ocioso. Pero, pensando en los dos, sí me llamó la atención el hecho de que en Colombia, a diferencia de lo que ocurre en otros países, las figuras de izquierda que logran esos altos niveles de respeto, reconocimiento por parte de todo el establecimiento e incluso apoyo electoral, vienen de la academia.

Ni Gerardo Molina ni Carlos Gaviria escaparon al terror político desatado por la caverna más reaccionaria. Molina tuvo que pasar varios años en el exilio y solo un azar insólito permitió que Gaviria saliera con vida de las amenazas de muerte que se cernían sobre él. En eso se parecen a tantos otros luchadores políticos de un país que, a pesar de ser una democracia electoral robusta, produce más exiliados, desaparecidos y asesinatos políticos que muchas dictaduras. Pero, a diferencia de la gran mayoría de sus compañeros de infortunio, eran académicos de quilates. Me pregunto si el trato amable que ambos personajes recibían de los partidos tradicionales, de los medios de comunicación y del sector privado se debía en buena medida a que, por venir del mundo universitario, eran percibidos como, por así decirlo, menos amenazantes que si hubieran sido líderes de movimientos populares. No hay que olvidar que, aunque hoy en día esté en el olimpo de la historia de Colombia, en sus días Jorge Eliécer Gaitán era visto con temor y desprecio por parte de las élites.

En cierto modo, el éxito político de estos personajes dice mucho no solo sobre sus rasgos personales sino también sobre el país. En Colombia la izquierda social ha sido más débil que en otras latitudes por lo que es difícil imaginar que produzca líderes que provengan de las luchas reivindicativas como Lula en Brasil o Evo Morales en Bolivia. Independientemente de sus aciertos y errores, la trayectoria de un dirigente sindical como Lucho Garzón muestra que, en este sentido, Colombia es muy distinta de aquellos dos países de la región. Otra fuente de reclutamiento de dirigentes de la izquierda han sido los grupos armados desmovilizados. Pero aunque el M-19 gozó en su momento de altos niveles de popularidad (aún antes de entregar las armas), y a pesar de que de allí han salido destacados líderes como Antonio Navarro o Gustavo Petro, su éxito ha sido mucho menor que, por ejemplo, el de los Tupamaros en Uruguay, de donde salió José Mujica, o el del FMLN en El Salvador, de donde salió el actual presidente Salvador Sánchez Cerén. Dicho de otra manera, el peso desproporcionado de los académicos en la izquierda colombiana es de alguna manera síntoma de la debilidad de su músculo político. Claro, a veces esos síntomas pueden tomar giros inesperados y un académico puede terminar convertido en líder de masas como lo demuestra aquel economista ecuatoriano con doctorado estadounidense llamado Rafael Correa.

Posiblemente el mejor tributo que se le podría rendir a Carlos Gaviria sería construir un país en el que otro Carlos Gaviria no sea necesario. Sería un país en el que los disidentes políticos no tendrían que hacer gala de heroísmo para seguir hablando aún cuando tengan la mira de un revolver apuntándoles. Sería un país en el que los académicos podrían dedicarse a lo que mejor hacen, argumentar, pensar e indagar, sin tener que llenar el vacío que deja la carencia de vigorosas organizaciones de masas. Sería también un país en el que el prestigio de la Corte Constitucional no se vería tan pisoteado por oscuros personajes que le toca a uno echar mano de la memoria de la brillante gestión de magistrados como Gaviria para reconciliarse con esa institución. Pero como ese país va a tomar años en construirse, si es que se puede, de momento toca seguir con los obituarios.  

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