Por: William Ospina

Praga

Praga estaba desde siempre en el corazón de Europa y era una ciudad imperial, una de las capitales del Sacro Imperio Romano Germánico. Centro del cristianismo eslavo, fue también precursora de la Reforma Protestante con la rebelión de Jean Huss, un siglo antes de Lutero. La habían construido a orillas del Moldava y era menos dos ciudades unidas por un puente que algo más inquietante: un puente sostenido por dos ciudades.

Ese puente, tal vez el más venerable de Europa, se diría que es menos una vía que una caprichosa catedral arqueada sobre el agua, que visitan millones de peregrinos: un lugar lleno de monumentos religiosos, imágenes de santos, cristos, ángeles, patriarcas; una versión más solemne y misteriosa del puente de los ángeles de Roma, que da acceso al castillo de Santangelo.

En Praga uno se acostumbra a lo extraño: un puente que es un templo, una gran catedral que está como escondida en un patio, un reloj populoso y articulado que hace del tiempo a la vez advertencia y espectáculo, un hereje quemado en la pira, reverenciado como un pilar de la ortodoxia y por cuya muerte tuvieron que disculparse los papas, un gótico de colores pastel, una manera de pensar que tiende a la paradoja y a la extravagancia.

La antigua capital de Bohemia no se parece a ninguna otra metrópoli; sabe que está en el centro de un mundo y nunca se plegó del todo ni a Occidente ni a Oriente. Se rebeló primero contra Roma y sin embargo nunca rompió con ella, sino que la obligó a tolerar su disidencia. Se rebeló contra el imperio soviético, y aunque fue profanada en 1968 por los tanques del Pacto de Varsovia, en una invasión que estremeció al mundo, finalmente fue su actitud la que se abrió camino, la llamada Revolución de Terciopelo, y hoy influye sobre el mundo más que Moscú misma.

El gótico checo es más fantasioso, y si se quiere más siniestro, que el occidental. Se diría que hay algo de gusto praguense en las invenciones más caprichosas de los cuentos de hadas. Los reyes más típicos de la imaginación europea son esos monarcas bohemios, como Carlos IV, a cuya imagen obedecen los reyes de las estampas y de las barajas. No es extraño que todas las esculturas públicas de la Praga moderna tengan algo perturbador e incomprensible: esas efigies monstruosas de niños sin rostro que escalan la gran antena, ese jinete que cabalga sobre el vientre un caballo patas arriba, ese embrión que desciende por las tuberías. Formas de la pesadilla aligeradas por el humor, que recuerdan que allí hasta la manera de combatir a la oposición tenía un sesgo de atroz singularidad: como esos enemigos a los que arrojaban por las altas ventanas.

La influencia de Praga sobre el mundo es hoy sobre todo estética y fantástica: y se debe ante todo a dos escritores, contemporáneos entre sí pero muy distintos. Uno es el poeta Rainer Maria Rilke, que logró trasmitir los eternos estremecimientos de la poesía sin violentar el lenguaje ni romper con las tradiciones más antiguas, cantando el amor, la celebración, el asombro y la mística, mientras tantos versificadores de comienzos del siglo XX intentaban rebeliones sintácticas y ostentosas rupturas con la lógica.

Rilke escribió una serie de poemas sobre la Virgen María, y produjo con ellos, en una edad de escepticismo y de razón, un pasmo de novedad estética y de revelación indudable. Así, en las Bodas de Caná, es ella quien exigiendo dulcemente un milagro obliga a Jesús a cambiar el agua en vino, sin darse cuenta de que precipita con ello el comienzo de su vida pública, de modo que al final la vemos comprender “que el agua en la fuente de sus lágrimas / se había vuelto sangre con ese vino”.

Para saludar el otoño, a Rilke le basta decir, casi como una invocación: “Señor, es hora: pon tu rumbo en los relojes solares, / y suelta tus vientos por las llanuras”. Para hablar del desesperado cautiverio de una pantera, que gira sin tregua en su jaula, dice “que sólo hay un millar de rejas, y tras esas mil rejas ningún mundo”. Y para decirnos cómo muere la voluntad en esa criatura encerrada, dice que “de pronto alza el telón de su pupila, / lentamente, y se interna allí una imagen, / que atravesando el tenso silencio de los músculos, / va a agonizar al corazón”.

Housman decía que abundan en el mundo versos llenos de gramática, de oratoria, de elocuencia y de corrección, que casi no tienen poesía. Para sentir la poesía en estado puro, misterioso, revelador e ineluctable, basta acercarse a los versos de Rilke: “La soledad es como esas lluvias que viniendo del mar avanzan por la noche…”, a esas sentencias de las Elegías del Duino: “Porque lo bello no es más que esa forma de lo terrible que todavía podemos soportar”.

La otra voz de Praga es la de Franz Kafka. Tiene un tono inconfundible de gravedad y de desolación, el sentimiento cruel de lo inexorable pero también una poesía de la extrañeza, de lo desconocido, de otro mundo agazapado en las grietas del mundo real. Todo lo que toca Kafka se vuelve kafkiano, se carga de ansiedad y de infinito. No dice que la libertad es ilusoria, dice: “Una jaula voló en busca de un pájaro”. No dice que nuestros inventos más ambiciosos engendran correlatos atroces. Le basta decir: “Estamos construyendo el pozo de Babel”. No nos dice que todo puede empeorar. Nos dice: “La vida consiste en escapar de una celda que odiamos, hacia otra que todavía tenemos que aprender a odiar”.

Ese tono tendría que ser fuente de desaliento, pero es tan brillante y tan poderosa su manera de expresarlo, que su lenguaje termina siendo más admirable que el malestar que nombra. Kafka nos hace fuertes. Kafka parece gris, pero si miramos mejor, está lleno de matices mentales. Chesterton defendió los cuentos de hadas diciendo que éstos no se hicieron para mostrarnos el mal y el horror, sino para enseñarnos que podemos triunfar sobre ellos. También Kafka nos enseña a triunfar sobre la desolación, a sobreponernos a lo inexorable.

Uno imagina a Praga bella y oscura, de un gótico gris, triste y opresivo. Sorprende encontrar una ciudad llena de luz y de vida, pero es verdad que no es una ciudad de colores, sino de matices, como quería Verlaine, y así son sus poetas.

Praga, ciudad del arco iris, caprichoso violín del otoño, sigue tendiendo puentes sobre el mundo.

 

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