Por: Rafael Orduz

Precandidatos ausentes

SE SUELE DECIR QUE LOS PUEBLOS tienen los gobernantes que se merecen. La frase es en parte cierta:

 ¿quién más responsable que el elector que no revisa los programas de los candidatos y que jamás se toma la molestia de hacerles seguimiento? El lío de la sentencia es que pone la carga de la prueba sobre quienes eligen. ¿Y qué de los gobernantes o de quienes aspiran a gobernar? ¿No tienen la obligación, cuando se lanzan en busca del poder político, de contar con una prospectiva factible de país? ¿Y de cumplir?

Algunas de las leyes de la oferta y la demanda parecen no funcionar en Colombia, al menos en el ámbito electoral. Mal contados, a menos de un año de las elecciones presidenciales, hay veinte precandidatos de todas las tendencias. Se supondría que, a mayor competencia, mayor esmero, de parte de los oferentes, en presentar programas que satisfagan las necesidades del país a largo plazo. Con excepción de algunos asomos programáticos, el país carece de brújula, en un mundo en el que la economía mundial y sus ejes cambian, y en el que las amenazas globales, hemisféricas y locales se transforman.

También se incumplen las leyes de oferta cuando los costos para financiar las campañas son cada vez mayores y que, como ha venido ocurriendo en las últimas tres décadas, la participación de los mecenas que edificaron sus emporios sobre el tráfico de drogas y la muerte, crece. Y con ello, su presencia en la agenda de gobierno, por la vía de la permisibilidad y el acceso a las rentas de distinta procedencia.

Los fetiches de la retrospectiva fascinan. A algunos precandidatos les parece que la reedición de la seguridad democrática 2002 sigue siendo la llave. A otros les atrae pensar en el espejo retrovisor de las negociaciones de los 80, los intercambios y las amnistías, cuando las realidades de la jurisprudencia global las han convertido en imposibles, al menos en la forma de antaño.

La necesidad de visibilizarse a sí mismos lleva a algunos prominentes precandidatos a las consignas de la polarización. Olvidan que en las democracias modernas todos ponen y que el carro se empuja en medio de la diferencia.

Otros, ni para qué hablar, quieren ser clones.

A algunos les atrae la técnica. Invitan personajes expertos en campañas electorales gringas y en fabricación de modelos. Gastan billete en “focus groups”, en internet y en el maquillaje de la imagen. No tienen en cuenta que Hillary perdió con Obama, entre otras cosas, porque olvidó que internet y los “focus groups”, aunque abren inmensas posibilidades de comunicación y recaudo, son tan sólo herramientas. Lo de Obama es su prospectiva, su respeto por la diferencia y la esperanza de que el cambio sí es posible. Dada su visión, internet pudo cumplir un maravilloso papel.

Votar limpio y realizar seguimiento estricto a las acciones de los elegidos es deber de los electores. Realizar política con argumentos de los precandidatos. Construir una sociedad del conocimiento, en la que el respeto por la diferencia y la prosperidad esté basada en la educación, tarea de todos.

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