Por: Jaime Arocha

Precariato

Me refiero a otra sesión del seminario sobre Homo deus de Harari en el Externado. Un alumno mostró un video de Noam Chomsky sobre la noción de precariato para referirse a la sinsalida que enfrenta el proletariado en todo el mundo por bajos salarios y pésimos servicios. Su idea era hacer énfasis sobre la creciente desigualdad que involucra la consolidación de la clase weird —occidental, educada, industrializada, rica y demócrata— como consecuencia de la creación, distribución y consumo de conocimientos. Parte de la discusión era si la preponderancia de la inteligencia artificial y la internet de todas las cosas terminarían por debilitar la democracia. Redes y medios están saturados con información irrelevante, cuya emotividad monopoliza la atención de cibernautas, televidentes y radioescuchas, y de esa manera censura temas que sí son relevantes para la sociedad.

Mientras cavilaba sobre esas ideas, me sorprendió la valla de Edward Rodríguez, representante por el Centro Democrático, quien parece haber alcanzado su reelección. La esquina superior derecha la adornan un 101 debajo de la frase “#santrichasesino”. YouTube amplifica esas palabras mediante un video con los alaridos desorbitados de los cuales Rodríguez hizo gala cuando apareció el exguerrillero en la Cámara. Ese hashtag es una excelente síntesis del ejercicio político de los miembros de su partido: juzgar por mano propia y tan solo reconocer la institucionalidad que les es favorable. El almíbar del cual se había valido Iván Duque, y del cual hizo gala al reconocer su triunfo en la consulta de la derecha, hasta ha motivado columnas según las cuales, una vez elegido presidente, traicionaría al senador Uribe Vélez, su titiritero. Piensan con el deseo. Duque no puede desconocer a los edward rodríguez con sus frases de odio y venganza, ni permanecer incólume ante el estereotipo de mozalbete blando que Fernando Londoño ha creado y difundido. No ha tirado nueva línea, sino que se ha sujetado al ideario que contienen las letanías que sus correligionarios reiteran, comenzando por el alegato del supuesto conejo que les puso Santos con las modificaciones del Acuerdo de Paz, pasando por la ilegitimidad de la JEP, hasta la amenaza castrochavista.

La naturalización de esta última cantaleta de antipatía, crispada por Twitter y radionoticieros, ha consistido en cortina de humo para esconder la mediocridad educativa que les favorece. Obsesionados por Venezuela, los votantes no ven cómo esa derecha aspira profundizar su propia versión de la gente weird, privatizando universidades y especulando con la tierra y las finanzas, pero dejando incólumes desigualdad y precariato. La fórmula también buscaba enceguecer a la gente a propósito de la trascendencia del acuerdo político entre Compromiso Ciudadano, Alianza Verde y Polo Democrático. La significativa votación que Antanas Mockus y Jorge Robledo lograron el 11 de marzo parecería indicar que hay electores conscientes de la urgencia de fortalecer todos los niveles de la educación pública como medio de superar una economía basada en la explotación de hidrocarburos, oro y carbón, hacia la que se fundamente en el conocimiento. Homo deus habla de guerras para controlar pozos de petróleo, pero no el Silicon Valley de California.

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