Prechavismo: los verdaderos culpables

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El expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez sostuvo en un trino a comienzos de la semana pasada que Colombia vivía un ambiente “prechavista”. Sin duda, la intención va dirigida a contrarrestar el ataque que el precandidato y senador Gustavo Petro hiciera sobre el presidente Iván Duque al tildar su gobierno de ilegítimo por las acusaciones de la llamada “ñeñepolítica”. Este nuevo debate tiene un tufillo preelectoral. Lo que llama la atención es el contexto (o descontextualización) del líder de Centro Democrático. El prechavismo en Venezuela lo protagonizaron y potenciaron dos expresidentes.

La bronca irresoluble entre Rafael Caldera (COPEI) y Carlos Andrés Pérez (AD) por demostrar cuál de los dos era más poderoso y se quedaba con las riendas del país, llevó hacia finales de los años 90 a un coronel paracaidista a meterse por la mitad de estas dos tendencias y gobernar a los venezolanos con su grupo político por más de 22 años. Esta refriega entre partidos impidió la circulación institucional de sectores de centroizquierda e izquierda. Un bloqueo de dos barones frenó el flujo de nueva sangre dentro de los socialcristianos y los de Acción Democrática.

Ambos bandos optaron por atacarse hasta destrozarse. Impidieron consolidar los cambios vía sus propias colectividades. Fue tal la batalla intestina que hoy, como una especie de rezago, la oposición al chavismo no ha podido consolidarse por esa pelotera heredada que comenzó con un acuerdo, el puntofijismo, y luego se tradujo en el canibalismo bipartidista hasta su actual menguada existencia. Fue tal el desespero por detener el ciclón de Hugo Chávez, que se inventaron una candidata ex miss universo para ver si esos encantos atraían lo que quedaba de sus disputas. Perdieron en toda la línea.

Acusaciones de malversación de fondos, denuncias de malos manejos gubernamentales, luchas por acaparar el mando de sectores sociales y empresariales, acciones mediáticas para desprestigiarse mutuamente, mentiras, montajes, acusaciones infundadas, fueron alimentando de forma paulatina la animadversión de los venezolanos, no hacia las estructuras partidistas, sino hacia el propio establecimiento. Los dardos políticos entre los dos jefes, que tenían la intención de consolidar mayorías de cara a un proceso electoral, sirvieron como búmeran contra toda la clase política vigente en ese momento. No se dieron cuenta que con sus actuaciones estaban acabando los cimientos que tanto tiempo y luchas les costó a adecos y copeyanos para consolidar una nación que fue catalogada como “Venezuela saudita”.

En el año 1998, cuando ya el chavismo era un tsunami incontenible, no hubo tiempo para justificar que, gracias a la conformación de esos partidos, Pérez llegó a ser uno de los líderes más importantes del mundo en materia energética (gestor vital de la OPEP) y en política (entusiasta por un liderazgo tercermundista). Logros como la paz de Centroamérica y la devolución del canal de Panamá fueron, en la época prechavista, malos recuerdos para el votante de la nación vecina. Esos olvidos provocados por la gritería y la ofensa por parte de quienes antes lideraron ese pueblo, ocasionaron hacia finales de los 90 una inmensa insatisfacción reinante. El pueblo se cansó de su petulancia, calumnias, farsas y exceso de egocentrismo. El castigo resultó peor que la enfermedad.

Por eso, es bueno recordarles a los expresidentes de Colombia que la historia primero se vive como una comedia y luego como una tragedia. De pronto por las broncas contra la paz estamos asistiendo a la entrega de nuestra democracia para que nuestro país termine en manos de un poschavismo con rostro colombiano.

Los exmandatarios tienen la palabra como única arma para el desarme de los espíritus. Después no pregunten por qué los colombianos desobedecen sus propios trinos.

@pedroviverost

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