Por: Alberto López de Mesa

Preciada agua

Hace diez años escribí la obra de títeres “Joaquín y el agua” en la que el villano Rabadán, con una manguera, se roba el agua de un manantial para venderla embotellada. Egoísta en su ambición, Rabadán hace caso omiso de los reclamos que le hacen las criaturas del bosque, perjudicadas por la ausencia del río, hasta que contrae un mortal infección cuyo único antídoto es el polvillo contenido en las alas de una especie de mariposas, en vías de extinción desde que él represó las aguas. Escarmentado, desconecta la manguera y devuelve las aguas al cauce.

La obra, desde lo poético, advierte sobre las peligrosas consecuencias del abuso irracional de los recursos naturales y, con un final optimista, hace pedagogía del amor a la naturaleza y de la obligación que tenemos de cuidar el agua, pero en realidad está noble misión del arte no alcanza a ser paliativo, porque el desarrollo económico obedece a la mentalidad de mercado, más influyente en los gobiernos que los discursos ambientalistas.

Nada más el proyecto Hidroituango parece un remedo megalómano de la fábula de mi obra, allí EPM, pese a ser la empresa emblemática de los antioqueños, cuya responsabilidad social y ambiental debería ser suprema porque su asunto son los servicios públicos, con soberbia omitió el criterio de las poblaciones que se verían afectadas al represar el río cauca, menos le importaron los peces, las especies animales y la naturaleza ribereña, lo importante para EPM es el negocio de la energía eléctrica.

En la Guajira, la empresa extractora de carbón, El Cerrejón, literalmente, se cogió para sí las aguas del río Bruno, afluente del Ranchería, tampoco le importaron ni las personas ni los animales ni la vegetación que dependían de sus aguas.

En la vida real pierdo el optimismo que demuestro en el arte, porque, nos obstante las alarmas por el calentamiento global, las evidentes catástrofes consecuencias del cambio climático, a los Estados les importan productos comerciales en el mercado internacional más que la preciada agua.

En Colombia, según informes recientes del Ministerio de Ambiente y Desarrollo, los productos que más aportan al PIB y de los cuales depende el sostenimiento fiscal, en su orden son: Petróleo crudo, refinado de petróleo, briquetas de carbón, café, oro y aceite de palma. Exceptuando el café, todos los demás en su producción afectan gravemente ríos, cuencas hidrográficas, páramos. La extracción de petróleo y su transporte ha sido nociva para las aguas y peor con el fracking que sin falta envenena las aguas subterráneas, la megaminería del oro, aquí en el país se está permitiendo en páramos y selvas, donde se produce el líquido vital, los cultivos de palma africana demandan montones de agua, lo que obliga a drenar ríos para irrigar los cultivos, sumado a la masiva deforestación para adecuar los terrenos de bosques nativos. Pese a ello, ningún gobierno se arriesga a prescindir de sus divisas, ni siquiera propone transiciones próximas a productos y energías amigables con el medio ambiente.

Podía enumerar aquí el mal tratamiento de las aguas residuales, la contaminación casi que sistemática de todos los ríos cercanos a centros urbanos.

El discurso paliativo suele concentrarse en exigir a la población buenos hábitos de ahorro y cuidado de las aguas domésticas, cuando en realidad el riesgo más grande de las aguas mundiales lo ocasionan las grandes industrias, con la anuencia de los gobiernos respectivos.

Veo negro el futuro de la preciada agua.

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