Por: Cecilia Orozco Tascón

¿Preferimos la omertà o la verdad?

De no creer: cuando por fin un magistrado tiene el valor de negarse a seguir comiendo callado, y decide contarle al país lo que este ya conoce gracias a la tenacidad solitaria de unos cuantos columnistas, y no precisamente a la franqueza de jueces o exjueces engominados; cuando un expresidente de la Corte Constitucional reafirma que algo está pudriéndose en los tribunales, ¡hay quienes opinan que el malo de la película es él por contar lo que sucede! ¿Debemos concluir, entonces, que lo correcto hubiera sido acatar la ley del silencio, la omertà siciliana, el código de “honor” que prohíbe delatar a los desviados solo porque son colegas de uno, o porque sacar los trapos a asolear es peor que esconderlos bajo la cama para que nadie se moleste, todos-tan-tranquilos?

Para empezar por casa, y perdón por la intromisión, el editorial de El Espectador que se refiere a las gravísimas denuncias del exmagistrado Nilson Pinilla contra dos excompañeros suyos de corte, peca por superficial, desinformado e incongruente, puesto que este diario ha sido, en ese mismo espacio, uno de los más duros críticos de la conducta venal y clientelista de la lastimosa mayoría de los actuales miembros de las corporaciones judiciales. Sorpresivamente, el autor del escrito asemeja a una simple “pelea de comadres” la denuncia del jurista Pinilla, quien señaló que Jorge Pretelt y Alberto Rojas Ríos, dos togados de los nueve que tienen la función de resguardar los fundamentos de la convivencia y de la democracia nacionales, han puesto sus votos al servicio de poderosos intereses particulares en lugar de los del Estado de Derecho. Ejemplos al canto: a favor de los negociantes del cobro de impuestos de los samarios y en contra de la alcaldía; a favor de la multimillonaria familia Char de Barranquilla y en contra de 160 familias pobres de esa ciudad; a favor de los parientes del exmagistrado que recibió botines de un mafioso italiano, en contra de una comunidad afrodescendiente de Cartagena; a favor de los socios de la desaparecida Granahorrar, en contra de los dineros de la Nación, o sea de los nuestros.

Esta lista pinta el horror de lo que podría ocurrir en la sala de pulidísimos pisos de nuestra máxima corte, si no fuera por la oposición enhiesta de unos cuantos magistrados rectos.

Los defectos que le sacan en cara ahora a Pinilla para debilitar sus declaraciones, son nimios al lado de la hondura de sus revelaciones. Nilson Pinilla no será perfecto e incluso, de él se puede asegurar que mantiene una posición ideológica que, por conservadora y religiosa, lesionaría los derechos a la igualdad de ciertas comunidades. Pero nadie podrá desconocer que tuvo el coraje que a tantos y tantos magistrados y exmagistrados que son honrados, les ha faltado a la hora de separarse públicamente de las mañas que carcomen los estrados porque temen el aislamiento a que los someten los dominantes de la rama judicial.

Señor editorialista: con todo respeto, usted no puede incurrir en la ligereza de equiparar al denunciante con los denunciados ni con otros como ellos; no puede decir que le preocupa más “el espectáculo deplorable” en que supuestamente incurrió el jurista por llamar la atención sobre lo que se mueve tras las cortinas de las cortes; no puede ignorar la hondura de las fallas de quienes se adueñaron de los puestos (cupos, se podría decir) de los tribunales para sus amigotes; y para sus familiares, de los cargos en la Procuraduría, la Contraloría y la Fiscalía (tristemente el fiscal Montealegre parece haber entrado de lleno en este circuito vicioso). ¿Daño a la valerosa corte de antes porque se dice la verdad? ¡Daño el que se le hace a la Nación por no advertir los abusos de unos tipos ya identificados pero aferrados a sus sillas, por la cobardía silenciosa de los demás.

 

 

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