Por: Mario Méndez

Preguntas al alcalde Enrique Peñalosa

No encuentro respuesta a la pregunta que me asalta cuando usted, señor Peñalosa, engaveta los estudios del alcalde saliente para la construcción del metro de Bogotá. ¿Puede un nuevo alcalde imponer su criterio personal ante el trabajo preparatorio de su antecesor, cuando incluso aquél tiene la aprobación de reconocidas instancias internacionales? Y para las autoridades pertinentes: ¿Puede pasar tal cosa legalmente y adelantar avales, con burla implícita para los habitantes? ¿Es papel del Gobierno bendecir los caprichos de un funcionario prepotente?

Si se generaliza tal costumbre para que quien se va “no se luzca”, digámoslo así, ¿será posible realizar obras públicas más por espíritu de servicio que por intereres personales? Además, para el caso de Bogotá, ¿el que llega puede, sin que nadie lo frene, considerar que le valen un rábano los costos de las investigaciones que permitieron llegar a definiciones que se suponen serias y fundamentadas?

Sus tesis, señor burgomaestre, tienen cierto tinte malicioso. Cuando defiende su proyecto, afirma que el metro elevado cuesta menos, pero omite un detalle decisivo: que cuesta menos, pero asimismo dura muchísimo menos y es antiestético, fuera de que se presta para actividades nada cívicas.

Y por tener relación estrecha este asunto con otro de inmenso interés, ya tratado aquí, no podemos dejar pasar inadvertida su “reflexión” cuando se refiere a la Reserva Thomas van der Hammen y la tilda de “simples potreros”. ¡Claro que son potreros! Pero usted oculta que esos espacios (potreros) deben ser convertidos en bosque para que empiece a operar la conectividad ambiental ya prevista de la Reserva, con todo su potencial, conforme lo sostienen muchos expertos a quienes no se les puede desconocer, y por esta razón hasta el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible toma en cuenta la importancia de tales “potreros”, cuya utilidad está respaldada por alrededor de 15 estudios.

Ahí se ve lo grave de las verdades a medias, pues en sus efectos son peores que las mentiras. Ocurre que si a la gente del común se le dice que el metro elevado es más barato (verdad a medias) y que la Reserva van der Hammen no es más que una rastrojera (verdad a medias), se logra lo que usted busca: que el ciudadano del montón entienda dócilmente que el alcalde tiene la razón. No, señor. No son aceptables las piruetas verbales para esconder actos y pretensiones mezquinas.

En fin, repasando pronunciamientos de expertos en urbanismo y hasta científicos, y de personalidades no oficiales que cuidan el patrimonio físico de Bogotá, encontramos que hay alarma ante el riesgo de que se afecte paisajísticamente a la capital, así como en su seguridad, si usted se sale con la suya y riega por la ruta del metro una serie de moles que se conviertan en sombra de orinetas y atracadores.

Quizás esta clase de cuestionamientos caiga en el vacío, ante la realidad concreta de lo que se cocina en su administración, pero no podemos tragarnos el sapo de su obra así porque sí y sin dejar constancia. Lo de la Van der Hammen… ya se verá.

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*Sociólogo, Universidad Nacional.

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