Por: Sergio Ocampo Madrid

Preguntas para unos corruptos

TD 113094756. Ese es el código que lo acredita como criminal desde el lunes pasado, cuando ingresó oficialmente a la cárcel de La Picota, en Bogotá. Es un tipo cincuentón, con esas frentes amplias, no de inteligencia sino de calvicie irremediable; barba cana; labios gruesos y grandes, de mestizo colombiano, y una mirada que no transmite nada, ni cinismo, ni afrenta, ni culpa.

Es la foto de Francisco Ricaurte, ex presidente de la Corte Suprema de Justicia, primer magistrado de esa dignidad en toda la historia en ir a la cárcel. Por corrupto. Por vender fallos, aplazar órdenes de captura, refundir expedientes, dar largas a procesos; por feriar lo más sagrado e intocable que tiene cualquier sociedad que es la prerrogativa superior de impartir justicia; de decirnos qué está bien y qué está mal, y apartar los buenos granos de la paja.

Esa foto de Ricaurte en su nuevo rol de delincuente es el resumen para la historia, y ojalá para la memoria, de cómo se montó una empresa criminal de enormes proporciones en pleno corazón de la justicia y bajo la inteligencia malignamente superior de un hombre llamado Luis Gustavo Moreno que se aprovechó del viejo vicio de “tú me eliges y yo no te investigo” hasta convertirlo en un concepto de magnitudes industriales. Y no exagero. A la fecha, van dos ex presidentes de la Corte enredados, Ricaurte y Leonidas Bustos; está mencionado un tercero, pero actuando sin la toga, o sea como abogado, y el magistrado Gustavo Malo, cuyo apellido puede ser el único guiño honesto de su personalidad.

Yo no creo mucho en las reformas que plantean cambiar códigos y libros; por eso no voy a pedir una para la justicia; tampoco quiero proponer que los metan presos por cien años y extravíen la llave, aunque lo merezcan y por varias cosas: uno, por haber terminado de corromper la única rama del poder que uno conseguía medio rescatar de este país; dos, por haber feriado lo más sagrado e intocable de una sociedad; tres, por burlarse de todos nosotros de manera descarada: ¡Luis Moreno llegó al cargo de fiscal anticorrupción, y consiguió engañar hasta al polígrafo!

Yo solo quiero, en mi carácter de ciudadano, de escritor, de académico, exigir mi derecho a preguntar; un derecho que ni siquiera incluye la obligación de responder. Es un ejercicio ingenuo, necio, quizás idiota, pero no importa, pues yo solo quiero entender. Entender qué razonamientos, deducciones, recuerdos, inferencias, hay en el aparato mental de un hombre como estos; qué hay en su estructura de valores. ¿Hay miedos? ¿Hay escrúpulos? ¿Hay fe en algo?

Aquí van las incógnitas que quisiera plantearles a los Bustos, a los Ricaurte, a los Malos de Colombia; a los Moreno, a los Pretelt, y de refilón a los Ñoños, a los Musas, a los Arias, los Nule y a un enorme etcétera de malandros y torcidos.

¿Qué creen o qué piensan sus padres de ustedes? ¿Estarán orgullosos? ¿Avergonzados? ¿Importa? ¿Se habló de eso en el hogar? ¿Había buen ejemplo, malo, ninguno? ¿Hubo castigos o reprensiones frente a conductas deshonestas?

¿Qué piensan sus hijos de ustedes? ¿Saben que además de ser hijos de gentes importantes, con contactos, con escoltas, parte de sus estudios, viajes, regalos a lo largo de estos años, se pagaron con la burla a la justicia, con plata corrompida? ¿Qué tanto les importa que sus hijos los consideren gente honrada? ¿Quieren ustedes que ellos sean gente honrada? ¿Qué es ser honrado para ustedes?

¿Creen que hay un Dios? ¿Qué pensará de ustedes? ¿Oran? ¿Qué le piden al orar? ¿Existe el alma? ¿Hay castigo y recompensa luego de morir? ¿Qué ocurriría con ustedes si hubiera un más allá y unos tribunales que no se dejan sobornar?

¿Van a misa? ¿Tienen una religión? ¿Qué dice esa religión sobre robar, mentir, falsear? ¿Cómo se hacen compatibles esos preceptos con su realidad?

¿Qué recuerdan de las clases de ética en la universidad?, ¿asistían?, ¿atendían? ¿Eran unos tontos esos profesores que hablaban sobre el tema? ¿Desde entonces ya tenían claro que todo aquello de la axiología no era con ustedes?

¿Cuáles son sus ideales? ¿Los tienen? ¿Los tuvieron? ¿Qué opinan de la gente que se mueve por ideales? ¿Cómo entienden el concepto de honor?

¿Por qué estudiaron derecho? ¿Por qué no alguna carrera en la cual ganar dinero como objetivo y sin escrúpulos no fuera tan mal visto? ¿Qué opinan del Derecho, de la justicia, de los abogados?

¿Qué sentían allí sentados en sus cargos, posando de hombres probos, frente al país, dictando sentencias, haciendo jurisprudencia? ¿Era gracioso? ¿Era divertido? ¿Somos imbéciles quienes los veíamos así?

Recordaba al escribir esta columna que en el mito de Protágoras, Zeus frente a la recién creada especie humana, encargó a Hermes que llevase a los hombres la justicia y el pudor, para que asegurasen la armonía en la ciudad. El mensajero le preguntó si debía distribuir esos dones entre unos pocos, como ocurría con las otras aptitudes, que se le conceden a unos y a otros no, pues con un médico basta para sanar a muchos otros. Y así con las demás virtudes. Y Zeus le respondió: “No; entre todos; si son solo unos pocos los que entienden de estas artes, como pasa con las otras, nunca habrá ciudades”.

 

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