Por: Carlos Granés

Prejuicios

Recién llegado a Madrid, recuerdo la enervante sensación que experimenté al ver cómo se caricaturizaba la realidad de América Latina. En mi universidad, la Complutense, se colgaban grandes cartelones que promovían visitas turísticas para ver la Revolución bolivariana en Venezuela. América Latina, para muchos, era el lugar de las grandes causas justiciares, donde se celebraba sin matices cualquier levantamiento antecedido por la palabra revolución. El afecto nostálgico-utópico por Nicaragua se había convertido en un deslumbramiento por el subcomandante Marcos, y finalmente todo el exotismo se había fijado en Venezuela. El pueblo liberado por fin estaba arrojando a los ricos explotadores al basurero de la historia. Se aplaudía cualquier gesto autoritario siempre y cuando fuera hecho en nombre de los desheredados. ¿Y la democracia? Bah, no nos íbamos a poner a hilar fino cuando lo que estaba en juego era la emancipación de los oprimidos.

Un buen amigo, que había llegado a la misma universidad gracias a lo que él llamaba la “beca Mono Jojoy” —una amenaza de secuestro de las Farc—, oía ojiplático a un profesor de Ciencias Políticas decir que gracias a Chávez por fin sentía algún respeto por América Latina. El poder de la caricatura y del prejuicio era rocoso. En Berkeley ocurría lo mismo. Los utopistas que veían poco factible una revolución en suelo norteamericano aplaudían a los caudillos que en los países del sur decían invertir la correlación de fuerzas para poner a los buenos en el poder y a los malos en la inmunda. Todo era de un simplismo que espantaba. Y sin embargo persuadía.

En las últimas semanas se han vuelto a condensar y proyectar todos estos prejuicios, aunque curiosamente el telón de fondo ya no es un país de América Latina. Reputados intelectuales anglosajones empiezan a insinuar que en España, donde no hay ningún partido de ultraderecha y los indicadores democráticos se cuentan entre los más altos del mundo, el franquismo quedó en reposo zombi y despierta ahora para oprimir a los catalanes. El giro repentino en su discurso, que transformó a los ricos independentistas reacios a compartir su riqueza en víctimas de un Estado autoritario, inexplicablemente empieza a tener eco. Pensábamos que la estela populista que corroe a los países desarrollados no llegaría a España, y sin embargo ahí está, repitiendo todos los clichés que tan buen rédito les han dado a líderes de dudosa reputación.

Escribo estas líneas desde Ankara, la capital de un país donde el representante de Amnistía Internacional fue a dar a la cárcel junto a decenas de profesores universitarios y más de 150 periodistas. Aquí la purga de funcionarios se cuenta por miles y el miedo a criticar al gobierno se extiende por doquier. Sin embargo, Pablo Iglesias compara a España con Turquía y la mentira cuela. Es un insulto a la inteligencia que intente hacer ver a Madrid como la capital de un Estado autoritario, igual a como era un insulto a la inteligencia que se viera a las Farc, a Sendero Luminoso o al chavismo como defensores de la dignidad de los pueblos. Estos estereotipos nublaron el verdadero rostro de fenómenos como el chavismo; esperemos que no vistan de ángeles a quienes están poniendo sus esperanzas de salvar el nombre en el descrédito del Estado español.

 

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