Por: Salomón Kalmanovitz

Prejuicios sobre el TLC

La creencia más acendrada sobre el TLC con Estados Unidos es que va a barrer con toda la producción nacional por ser esa una economía desarrollada y altamente productiva.

Lo cierto es que, aun contando con una productividad muy alta, el salario promedio de un trabajador estadounidense es 8 veces superior al de un colombiano. Aunque la economía colombiana es demasiado pequeña como para tener mucho impacto negativo en EE.UU., toda la política de libre comercio sí ha contribuido a desindustrializarlo.

Ese fue el argumento de los sindicatos estadounidenses para oponerse al libre comercio en general y al TLC colombiano en particular. Otra razón fue que, por carecer de garantías para negociar, los salarios de los trabajadores colombianos nunca se igualarían con los de EE.UU. Se configuraba así una situación de desventaja en la competencia internacional contra los obreros de Estados Unidos.

Buena parte de los puestos de trabajo de la manufactura de Estados Unidos han sido exportados a México y a China. La industria automotriz migró primero hacia el sur de Estados Unidos y más adelante a Monterrey. La maquila a lo largo de la frontera ensambla computadores y electrodomésticos. Hoy, Detroit, Chicago y todas las ciudades otrora industriales de Michigan son pueblos fantasmas y sus tasas de desempleo son abrumadoras. Un dispositivo como el iPod es diseñado en Estados Unidos, adquiere partes y chips echas en Taiwán y Corea y se ensambla en la China, aunque puede contener conductores elaborados en Costa Rica por Intel.

La creencia sobre la superioridad de Estados Unidos es falsa porque no tiene en cuenta que son sus capitales, también los de Europa, Japón y Corea, los que organizan la división del trabajo en el mundo. China es la que más se ha beneficiado de esa movilidad internacional del capital; a pesar de que solía tener salarios muy bajos, estos han estado subiendo con su pleno empleo y tiene una inflación que le ha hecho perder competitividad, algo que ha recibido México con beneplácito.

A la dirigencia colombiana le gustaría que nos convirtiéramos en una plataforma de exportación y que tuviéramos un proceso de industrialización mirando hacia fuera, pero al mismo tiempo impulsa la especialización del país en hidrocarburos y minería que lo socava. Perú y Chile tienen TLC con Estados Unidos, exportan recursos naturales y también bienes agrícolas elaborados y manufacturas, pero nosotros estamos lejos de eso. La diferencia está en que ambos países cuentan con políticas de ahorro macroeconómico que frenan la revaluación de sus monedas y fomentan las exportaciones, mientras que nosotros desahorramos sistemáticamente y matamos nuestras posibles ventajas comparativas en el comercio global. Ellos aumentan la riqueza con las mejoras de la productividad a que induce la mayor especialización internacional. Nosotros no.

En el terreno agrícola Estados Unidos tiene ventajas frente a Colombia: su clima temperado reduce los costos de producción de cereales y los subsidios estatales les dan una ventaja injusta a sus productores. Los concentrados más baratos hacen competitiva su producción avícola. En estos productos hay una desgravación progresiva pasados 10 años, para terminar en arancel 0 en 18 años.

Los terratenientes colombianos han disfrutado de demasiada protección demasiado tiempo y es hora de democratizar la tenencia de la tierra para hacerla más productiva. Lo mismo requiere toda la economía.

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