Por: Klaus Ziegler

Prejuicios y homosexualidad

El secretario general de la Conferencia Episcopal de Colombia pidió a la Corte Constitucional no acceder a la demanda que busca validar el matrimonio gay.

La petición se apoya en el “hecho demostrado científicamente” de que los homosexuales "se hacen, no nacen", por lo que “aceptar el matrimonio gay sería fomentar un ambiente proclive a la homosexualidad".  

Uno no sabe a qué estudios científicos se refiere monseñor Rubén Salazar o su secretario, porque aparte de las fantasiosas explicaciones del sicoanálisis, no existe, que yo conozca, ningún estudio definitivo que explique las causas de esta variante del comportamiento sexual, y mucho menos que permita concluir que las preferencias sexuales obedecen a decisiones voluntarias.

A diferencia de lo que afirman las autoridades eclesiásticas, existe muy buena evidencia para sospechar precisamente lo contrario. En un documento reciente preparado por el Colegio Real de Siquiatras, en Inglaterra, se concluye que no existe ningún fundamento empírico para apoyar la idea de que las experiencias tempranas en la infancia afecten la orientación sexual.

La conclusión de este colectivo apunta a que las preferencias sexuales son el resultado de una compleja interacción de la biología con el medio ambiente, en la cual los genes juegan un papel preponderante, así como del efecto de las hormonas prenatales sobre las estructuras cerebrales durante la época fetal. En pocas palabras, ser homosexual no es una decisión individual.

No hay que ahondar demasiado para sospechar que las preferencias sexuales no pueden ser tan maleables como han sostenido los ambientalistas. Si así fuese, ¿cómo se explicaría el porcentaje más o menos constante de homosexuales —alrededor del 5% en la población masculina y del 2% en la femenina— en todas las sociedades donde ha sido posible realizar un estudio demográfico confiable, a pesar de la enorme variabilidad cultural que existe de una sociedad a otra? Es lógico pensar que si las preferencias sexuales estuviesen determinadas exclusivamente por el ambiente o la educación, como sí lo están, por ejemplo, las creencias religiosas, habría entonces sociedades en las cuales los gay representarían un porcentaje notable de la población, y quizás otras conformadas por mayoría de lesbianas.

Con frecuencia se alega que la homosexualidad es una construcción histórica y se da como argumento el hecho de que esta práctica era tan común en el mundo antiguo, que el concepto no existía como una identidad. Esta falacia proviene de confundir la tolerancia hacia las prácticas homosexuales que existía en algunas minorías aristocráticas, como ocurría en Grecia y Roma, con el hecho de que las parejas del mismo sexo fueran tan frecuentes como las heterosexuales. El error es similar a equiparar los rituales canibalísticos de algunos pueblos guerreros con la práctica del canibalismo como medio de subsistencia.

Las investigaciones sobre la incidencia de los genes en la orientación sexual, aunque discutidas, comienzan a arrojar luz sobre las diferencias biológicas entre homosexuales y heterosexuales. En 1993, el doctor Reuter Dean Hamer y su equipo de investigadores del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos publicaron un estudio en la revista Science, sobre el ADN de 40 pares de hermanos homosexuales. La investigación reveló que 33 de ellos compartían cinco marcadores genéticos idénticos en un segmento del cromosoma X, llamado Xq28. Pero era de esperarse que solo 20 parejas fuesen portadores del cromosoma mutado (cada hermano recibe al azar uno de los dos cromosomas X de la madre), es decir, el 50%, contra el 83% observado.
 
El estudio sugiere que este segmento posiblemente porte instrucciones relacionadas con la orientación sexual, lo que explicaría cómo un rasgo desadaptativo como la homosexualidad no desapareciera con el tiempo, pues no afecta la eficacia reproductiva de la madre y por consiguiente puede ser arrastrado por línea materna como ocurre con el daltonismo y la hemofilia.

De otro lado, las hormonas prenatales parecen jugar un papel fundamental en la fijación de los comportamientos sexuales. El investigador colombiano Federico Uribe, en un estudio sobre la diferenciación sexual del cerebro, ha demostrado que en la etapa prenatal se forman receptores específicos para la testosterona en el hipotálamo, la amígdala y en las áreas frontales, lo cual va asociado a características propias del comportamiento sexual después del nacimiento.

Siglos de prejuicios seudocientíficos y morales han llevado a que los homosexuales hayan sido tratados como pervertidos, enfermos mentales o criminales. Aunque la homosexualidad dejó de ser delito en Colombia desde 1980, aun existe una actitud discriminatoria por una buena parte de la sociedad, las autoridades eclesiásticas y algunos legisladores.

Para mencionar un ejemplo, hace unos años el Procurador Jaime Bernal Cuellar declaró que los maestros gay podían ejercer su cargo, siempre y cuando su comportamiento no influyera en contra de los derechos de los demás. La declaración conlleva en forma implícita el prejuicio de que los homosexuales de alguna manera son proclives a cometer delitos sexuales.

Este mismo prejuicio, convertido en argumento, ha sido usado por la Iglesia Católica y por el procurador Alejandro Ordoñez para oponerse al matrimonio gay y para torpedear las iniciativas que han buscado que las parejas del mismo sexo reciban un trato digno y justo ante la ley. Es curioso que estos guardianes de la moral vean peligros donde no los hay, y prefieran no mirar hacia donde sí los hay.

Si nos atenemos a los hechos, debería ser el clero, y no los maestros gay, quienes estuvieran bajo la lupa, al menos si juzgamos por los incontables casos de abusos a menores que se destapan cada día. Y con más razón si tenemos en cuenta que ser gay no es lo mismo que ser pederasta.

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