Por: Cecilia Orozco Tascón

Presidente de la Sala Penal, ¿usted también?

Con “heridas en el corazón” y los ojos abiertos de asombro, seguimos las revelaciones que el delincuente exdirector anticorrupción de la Fiscalía, Gustavo Moreno, le ha ido entregando a la Sala de Instrucción de la Corte Suprema que investiga la red de tráfico de fallos que se instaló en la propia corporación. Después de ratificar que creó una organización criminal con los magistrados Bustos, Ricaurte, Tarquino y Malo, ahora Moreno implica, bajo juramento, a Eugenio Fernández Carlier, actual presidente de la Sala Penal del alto tribunal. ¡Como para echarse a llorar, no por él sino por el país! Ignoro los detalles de las declaraciones de Moreno, pero alguna lógica tiene que el nombre del magistrado Fernández haya surgido de las confesiones del exfuncionario porque después de las grabaciones de la DEA, se hizo notoria la infinita inactividad del proceso por parapolítica contra el senador liberal Álvaro Ashton, que se encuentra en el despacho de Fernández. Según lo que se escucha en la prueba grabada, Ashton habría pagado un soborno de $1.200 millones, precisamente para que su caso no avanzara.

El expediente del congresista llegó a la Corte en 2012 cuando alias “don Antonio” y otros paramilitares testificaron sobre la división de votos, contratos y regiones que pactaron con los políticos tradicionales, entre ellos, Ashton a quien le “adjudicaron” la administración del Hospital Materno Infantil de Soledad con su presupuesto y sus puestos para repartirlos con la agrupación delictiva. Tan suertudo éste, su proceso aterrizó, primero, en el despacho de Malo y, después, en el de Fernández Carlier; tan de malas Ashton, el magistrado auxiliar que revisó las pruebas en su contra, en la oficina de Malo, fue José Reyes Rodríguez; y en la de Fernández, Raúl Gutiérrez. Tan favorable para el investigado, Reyes Rodríguez y Gutiérrez salieron de la Corte por renuncia que les pidieron sus jefes, Malo y Fernández.

Casualmente, cuando Malo le pide a Rodríguez que se retire, este le había transmitido a su jefe, su certeza jurídica sobre la necesidad de aplicarle la medida de aseguramiento al senador Besaile; y cuando Fernández Carlier le exigió su salida a Gutiérrez, el magistrado auxiliar acababa de contarle su proyección en el proceso Ashton: apertura de investigación formal. Desde entonces, año 2015, ni una hoja volvió a moverse allí. ¡Tan de buenas el senador! El presidente Fernández aseguró, en Semana, que su exmagistrado Gutiérrez “está herido en el corazón” porque perdió el cargo. Pero no explica por qué el expediente Ashton se encuentra en modo estático desde cuando “renunció” su auxiliar. En cambio, se concentra en echarle lodo a su prestigio como si las presuntas responsabilidades ajenas lo eximieran de las suyas. Doble rasero —¿doble moral?— exhibe quien preside, hoy, la máxima instancia penal de la Nación: de Gutiérrez asegura que se tenía que ir por un supuesto conflicto de interés en un caso que se hubiera resuelto de lo más sencillo: declarándolo impedido en esa situación particular. De otro magistrado auxiliar, Álvaro Pastás, controvertido como el que más pues dejó “desaparecer” un documento clave en otra investigación, Fernández se opuso a sacarlo del tribunal, según contestó, porque antes había que adelantar un proceso disciplinario y practicar pruebas: el debido proceso para este y la guillotina para Gutiérrez. Doctor Fernández Carlier, más bien respóndale a la opinión: ¿usted también?

Entre paréntesis. En abril de 2014, el magistrado Gutiérrez de cuya honorabilidad duda Fernández, asistía a una audiencia para escuchar al paramilitar “Martín Llanos” quien iba a declarar contra un congresista; el apoderado del encartado era Gustavo Moreno. Este, que no conocía al magistrado auxiliar, adoptó una conducta inapropiada con él: intentó parecer, ante los demás, como su gran amigo. Gutiérrez denunció ante su sala la maniobra de Moreno quien pretendía alardear frente a su cliente y al paramilitar, tal vez para incidir en el resultado. Este episodio que sucedió un año antes del que le atribuye Fernández Carlier a su exsubalterno para desacreditarlo, es más diciente que el que relató para poderlo botar.

 

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