Presidente, la corrupción no es un mal menor

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Cualquiera puede tener deslices verbales. Algunos son inocuos e incluso causan hilaridad, pero otros pueden causar mucho daño, sobre todo si quienes incurren en ellos detentan posiciones de autoridad o tienen incidencia en la opinión pública. Estos tienen una mayor responsabilidad con lo que dicen, porque sus palabras pueden convertirse en una justificación para tomar decisiones o cometer actos que generan daño.

Varios presidentes, ministros y altos funcionarios se han “inmortalizado” con frases que se volvieron célebres. Una de ellas fue la que pronunció el expresidente Turbay Ayala cuando afirmó que “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Cuatro décadas después, estas palabras se han convertido en una muletilla para ilustrar los sucesivos fracasos en la lucha contra la corrupción.

Hace pocas semanas, el expresidente Santos, en una entrevista a un medio de comunicación, comentó que uno de sus los errores durante su gobierno fue haber dicho que “el tal paro agrario no existe”, cuando esta movilización ya había producido varios muertos y bloqueos en vías del país.

“¿De qué me hablas, viejo?” fue otra frase desafortunada, esta vez pronunciada por el presidente Duque cuando un periodista le preguntó por un bombardeo del Ejército en el departamento del Caquetá, que dejó ocho niños muertos.

Más recientemente, a la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, y a algunas ministras también se les fueron las luces en sus declaraciones. Por ejemplo, la primera afirmó que “acá no es atenidos a ver qué hace el Gobierno por cada uno de nosotros” como debemos enfrentar la pandemia. La ministra Alicia Arango tampoco ha sido ajena a estos lapsus. Uno de los más criticados fue cuando dijo que “en Colombia mueren más personas por robo de celulares que como defensores de derechos humanos”, precisamente en una reunión en el Putumayo, una región azotada por la violencia y el asesinato de líderes sociales. Y hace apenas unos días, la ministra de Justicia, Margarita Cabello, afirmó en una entrevista en El Tiempo que “era natural” que cerca de un millar de presos estuvieran contagiados. ¿Será natural, o más bien el resultado de la incapacidad del Estado de resolver el tema del hacinamiento carcelario y de tomar medidas urgentes de confinamiento?

Y hace pocos días, en una entrevista radial, el primer mandatario afirmó que “algunos se rasgan las vestiduras rechazando la corrupción, pero no el terrorismo”. ¿Acaso conoce el presidente a algún colombiano que no se rasgue las vestiduras frente al terrorismo? Si es así, lo debe denunciar no solo ante autoridades nacionales sino también en instancias internacionales. ¿O considera que la corrupción es un mal menor? Por decir lo menos, son muy desafortunadas estas palabras cuando los corruptos están de fiesta con los recursos destinados a atender el COVID-19 y en el pasado se han robado el dinero de la salud y la educación de los sectores más vulnerables de la población. No es la corrupción o el terrorismo, presidente. Este es un falso dilema ético, porque los dos son males que se deben combatir sin amagues. La corrupción también mata, aunque los muertos no sean tan visibles.

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