Por: Juan Manuel Ospina

Presidente, salve usted la Patria

Ese reclamo se escuchó en la iglesia de Carmen de Bolívar, durante el entierro de uno de los soldados asesinados por las FARC en el Cauca.

La gente reunida no se lo dirigía al Presidente de la República sino al expresidente Uribe, quien vive por estas fechas una situación personal insólita, intensa y compleja, pues mientras que con las actuaciones del Poder Judicial y la Fiscalía, parecería que lo rondan “pasos de animal grande”, en el frente político se recupera de un descenso continuado que registraba en la opinión.

El “milagrito” se lo hicieron, nuevamente, las FARC; es la vieja dinámica entre ambos, que el país bien conoce, gracias a la cual Uribe ejerció por años un claro liderazgo. Las acciones violentas de la guerrilla han servido como sustento de su discurso y de su actuación, frente a un país que odia a ese grupo armado y que, en el fondo del alma, quisiera que simplemente desapareciera. El discurso uribista señala a la guerrilla como la responsable única de todos los males del país, dándole en consecuencia la imagen de una fuerza, poderosa y omnipresente, que alimenta el imaginario colectivo, de unas FARC como el mal, con olor a azufre como el diablo, y un Álvaro Uribe como el valiente que enfrenta a la bestia y la derrota; solo entonces seremos felices y le estaremos eternamente agradecidos al salvador. El problema es obviamente más complejo, pero en política lo que sirve, lo que “pega” es el discurso simple, como de guión de película de vaqueros, con “buenos y malos”. Hay que reconocer que tanto el expresidente como la obsoleta guerrilla desempeñan muy bien sus papeles frente a un país que, desde la barrera, sigue el cinematográfico “duelo de titanes”. Definitivamente, las FARC y Uribe acaban por complementarse y de alguna manera “promocionarse” mutuamente.

El resultado inmediato de esa efectiva dialéctica fariano – uribista es la profundización de la deslegitimación y pérdida de confianza en el Presidente Santos, simultánea con la recuperación del juego político del expresidente. Este cambio en el escenario, resultado de la inmensa torpeza política de las FARC, vuelve a colocar sobre la mesa unas preguntas que no son triviales y que reclaman respuestas claras ¿Es posible lograr los acuerdos y tener el necesario y efectivo respaldo ciudadano a la negociación, con Álvaro Uribe por fuera de ella? ¿Será que el señor expresidente entiende que el país, y el personalmente, necesita que esos acuerdos se hagan una realidad política y no simple declaración formal; que con la historia truculenta de nuestro conflicto armado “una paz sin impunidad” se vuelve un enunciado sin contenido concreto y por consiguiente irreal, que no colabora para cerrar bien y definitivamente un capítulo doloroso de nuestra historia, sin dejar cabos sueltos, pues de lo contrario, se convertiría en un obstáculo insalvable.

Y la pregunta final, el Presidente de la República tendrá el realismo para facilitar que el señor expresidente asuma esa responsabilidad como colombiano que carga sobre sus hombros con una enorme responsabilidad, que no puede diluirse en las interminables y estériles escaramuzas entre uribistas y santistas. Uribe en la presente coyuntura y en un escenario como el acá planteado le prestaría al país, al gobierno y personalmente a Juan Manuel Santos el gran servicio de presentarle a las FARC un frente unido – ciudadano, político y militar -, frente al cual deben entender que el proceso exige seriedad, consistencia y una enorme responsabilidad y que no pueden apostarle al desgaste de la contraparte que se traduciría en un regreso al conflicto abierto, que los condenaría a su definitiva bandolerización. 

 

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