Por: Andrés Hoyos

Presión indebida

Este domingo lo esencial tiene que ser fortalecer las instituciones del país, pero lamentablemente en varias campañas abundan las ganas de abusar de ellas, de presionarlas de manera indebida y de poner en duda su vigencia.

Nadie dice que la democracia colombiana carezca de defectos, y no se puede negar que desde los tiempos del Frente Nacional ha habido graves perturbaciones de los procesos electorales. Igual, los últimos problemas de veras catastróficos en materia de elecciones presidenciales se dieron en 1970 y en 1994, 48 y 24 años atrás respectivamente, o sea, hace mucho tiempo. Hoy las elecciones colombianas están muy vigiladas. Lo que procede, por supuesto, es vigilarlas todavía más y actuar en consecuencia cuando uno vea algo sospechoso. Si las campañas detectan que alguien comete delitos este domingo, deben acopiar las pruebas y denunciar a los criminales ante la Fiscalía. Es el conducto regular, y el castigo tiene que consistir en enviar a la cárcel al delincuente.

Pero no, a la hora de escribir esta columna, un candidato, Gustavo Petro, no solo no ha dicho que aceptará el veredicto de las urnas, sino que, en semanas y días pasados, dio órdenes inapelables a las autoridades electorales como si ya fuera presidente, y dado que no le obedecieron –al menos no en toda la línea–, empezó a agitar el espectro del fraude. No ha aportado más que sospechas, ninguna prueba sólida; tampoco ha hecho denuncias penales formales.

Lo justo y democrático es que todos los candidatos declaren que aceptan los resultados de este domingo y del 17 de junio. Lo demás es destructivo. El cometido de fortalecer las instituciones no se logra poniéndolas en la picota a 15 días de unas elecciones y amenazando con desconocer los resultados. Andar gritando ¡fraude! con unos indicios en extremo endebles implica ejercer una presión indebida sobre la autoridad electoral: o gano yo o armo un tierrero. Dicho de otro modo, es una forma de hacer trampa. Y vaya ironía la que uno detecta aquí: quienes piden garantías casi imposibles de otorgar apoyaban hasta hace muy poco las continuadas tropelías del régimen venezolano, ese sí dedicado profesionalmente al fraude electoral desde hace décadas, según se demostró este domingo. Lo único que falta es que pidan que venga doña Tibisay Lucena a vigilar las elecciones colombianas.

La idea de que solo si yo gano es legítimo un resultado conduce al desastre. ¿Para qué, entonces, celebrar elecciones si solo puede ganar un candidato? Perfeccionar las instituciones implica que trabajen para todo el mundo, no para una u otra campaña. Es antidemocrático pedirles a las instituciones que se sesguen en favor de alguien. Una cosa es vigilarlas, otra difamarlas.

Todo lo anterior contribuye a que este domingo yo vaya a votar por Sergio Fajardo, un candidato que viene subiendo en las encuestas y quiere ganar, aunque no va a patear la mesa si no gana. Nadie ha dicho que Sergio sea perfecto, pero es de lejos el mejor entre los punteros. Al igual que muchos otros, me dispongo a acompañarlo en su campaña para ganar la segunda vuelta. Una de sus mayores virtudes es la ponderación; no propone hacer locuras ni poner patas arriba al país; quiere reformar y mejorar lo existente, como corresponde a un demócrata.

Les propongo a los lectores esto: démosle el pare a esa gente intolerante y agresiva que cada día vocifera más en los extremos. Ese sería un gran resultado este domingo.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

 

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