Por: Carlos Villalba Bustillo

Pretelito en el castañar

Lo cierto fue que los jefes paramilitares hablaron en el Congreso con trajes Armani y corbatas Ferragamo, a la vista del país.

Saboreando bien su adjetivación, uno de ellos se ufanó de contar con el 20% de la representación parlamentaria, y horas después remachó su alarde declarando, ante un enjambre de micrófonos y cámaras, que las autodefensas habían permeado todas las instancias del Estado. La reportera pretendió interpelarlo y él se adelantó: “Todas las instancias”. Nadie lo desmintió.

La Fiscalía estuvo en el juego porque a Luis Camilo Osorio se le vencía el período y Uribe no pudo clonarlo para que siguiera. Pero a los contrainsurgentes les interesaba el sucesor por la inminente aplicación de la Ley de Justicia y Paz. Iguarán tenía la ventaja de haber sido su autor y figuraba en la baraja, con Pretelito de rival, y sotto voce se comentaba que Macaco iba por Iguarán y el Mono Mancuso por Pretelito.

El chisme —que va camino de llegar a verdad— se basó en que Iguarán es del Valle del Cauca (territorio de Macaco) y Pretelito de Córdoba (territorio del Mono). Yo aposté a la mano de Pretelito porque pertenece a esa fauna de desaforados que, a juicio de Erich Fromm, expresan las fórmulas del éxito con ansias de llevarse todo por delante, con agresividad y animación, abonando bien el terreno que pisan, incluso las áreas verdes compradas a alias el Burro en zonas de candela. Perdí y pagué.

Lo que nunca trascendió fue que Vicente Castaño admirara tanto a Pretelito, como lo reveló hace pocos días Ernesto Báez. Con la histeria al rojo vivo por su inserción en el castañar, Pretelito resolvió legitimar, con diez años de mora, con escudo y yelmo de guerrero duro, el cuento de que a la Corte Suprema de Justicia había entrado una tula larga y gruesa atestada de billetes para elegir a Iguarán, quien por cierto le toleró a su émulo ingrato fungir de perdonavidas externo de la Unidad Antiterrorismo de la Fiscalía. Época de oro, mucho oro. Tanto como el de los dáricos de 8,41 gramos del rey aqueménida.

¿Quién llevó la tula a los electores? ¿La metieron, como en la famosa visita a la Casa de Nariño, por el sótano del Palacio de Justicia? ¿O prefirieron pasarla del baúl de un carro a otro en el parqueadero de Unicentro?

Iguarán, con su timidez sin antídoto, y ya sin las luces del brujo Martí, se limitó a decir en un comunicado que jamás ha tenido “relaciones, de vecindad, amistad o afinidad con grupos ilegales”. Sin embargo, afinidad (palabrita venenosa), según el Diccionario de la RAE, es “atracción o adecuación de caracteres, opiniones y gustos que existen entre una persona y otra”. Por haber ponderado con tanta emoción la importancia de Pretelito, sería insensato pensar que Vicente Castaño fuera un bujarrón reprimido. Ni más faltaba. Era que él y el personaje alabado coincidían en carácter (violento), ideas (políticas) y gustos (vacas finas y tierritas de despojo).

Pero eso no es lo que le va a quitar el sueño a Pretelito. Le sobra costra para resistir sus resbalones de maromero. Lo que le quitó el sueño, cuando perdió la Fiscalía, fue que su paso por el castañar resultó insuficiente para doblegar la dialéctica de Macaco.

En este ambiente se ha movido, desde hace tres lustros, nuestra función pública en sus más altos niveles. Ahora se asolean los trapos entre injurias, agravios y más bien pocas, muy pocas calumnias. Que la prueba que anunció Pretelito la suelte ya. Quien amaga y no da, miedo ha.

 

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