Por: Piedad Bonnett

Prevenir o castigar

Sorprende ver que a muchos colombianos les preocupa más la imagen que proyecta el país que la realidad que inspira esa imagen. Estoy segura de que hubo más protestas en las redes por la impertinencia de Nicolette Van Dam, que puso a circular un meme con dos de nuestros jugadores consumiendo cocaína, que por los nueve muertos relacionados con el triunfo de la selección Colombia contra Grecia, o por el vandalismo con el que unos desadaptados celebraron los 82 años de Millos. La idea que de Colombia se tiene afuera, y que genera estigmatización, se afinca en las noticias que producimos y en las telenovelas que exportamos. ¿O qué pueden pensar de nosotros en el exterior después de ver El cartel de los sapos, Sin tetas no hay paraíso o El patrón del mal o de leer el reciente informe de Naciones Unidas, según el cual seguimos siendo el país que más incautaciones de cocaína reporta en el mundo?

Que somos un país atravesado por la barbarie volvió a probarse ahora, con las peculiares celebraciones de los hinchas que, luciendo con orgullo patriótico la camiseta de su equipo y animados por el alcohol —cuyos excesos esta sociedad tolera y hasta celebra— agredieron, hirieron y mataron. Si el alcalde no decreta la ley seca para los demás partidos, perfectamente podríamos haber completado los 82 muertos que ya una vez fueron el resultado adicional del 5-0 contra Argentina.

¿Qué nos pasa? Es verdad que aquí y en Cafarnaum las celebraciones, como los carnavales, liberan a la gente de la cordura y que la euforia colectiva puede ser pretexto para desatar impulsos violentos. También es cierto que en sociedades exasperadas como las nuestras, donde la violencia se bebe en todas partes —en la casa, donde el padre se emborracha y agrede, en el barrio, donde las pandillas intimidan y roban, en la escuela, donde los fuertes matonean a los débiles, y en general en la cotidianidad, atravesada por otras violencias, entre otras la de la autoridad misma, que, hay que decirlo, a menudo abusa de los jóvenes por el solo hecho de ser jóvenes—, es más probable que cualquier situación pueda provocar un estallido de barbarie. Pero la civilización comienza por el autocontrol —el que no tuvo Suárez cuando decidió morder a su adversario— y este sólo se obtiene cuando se nos educa para la convivencia; la educación, en su sentido verdadero y más básico, le enseña al animal humano a respetar al otro: al que no quiere verse embadurnado de harina, o va por otro equipo, o sencillamente pide que bajen el volumen de la transmisión. Pero no sólo fallamos en las pruebas Pisa. Fallamos en educar para vivir en sociedad, y nos ofende menos que unos muchachos desaforados atropellen a sus semejantes que el hecho de que un periodista nos relacione con la cocaína. La educación es la fuerza civilizadora que saca un país adelante. Pero como aquí esa transformación llevará décadas, las autoridades tendrían que adelantar campañas de convivencia ciudadana, para que no haya que recurrir, como esta y tantas otras veces, a la prohibición y al castigo.

 

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