Por: Lorenzo Madrigal

Primavera en la abadía

LOS TELEVIDENTES HEMOS TENIDO dos imágenes fastuosas, por poco enfrentadas: los despliegues vaticanos de la Semana Mayor y de la beatificación del papa Juan Pablo y de otro lado, la ostentosa boda de William y Kate (nadie le quitará este nombre, como no perdió el suyo Lady Di).

Para el buen gusto inglés me pareció extraña la exhibición de vegetación viva en medio de la abadía, mezclándose el campo verde con la arquitectura medieval más depurada, esplendor de un espacio interior.

Causa asombro, cuantas veces se mire, la renacentista Basílica de San Pedro, sublime en sus mármoles y estatuas, en sus columnas salomónicas, el baldaquino y en el fondo, rematando, la gloria de Bernini. Fasto en ambas cortes, oro en profusión, capas pluviales y dalmáticas, tanto sobre los hombros de Benedicto XVI, el ornadísimo Papa, como sobre los del primado anglicano; niños cantores en ambos rituales.

No todo el mundo en este hemisferio entiende cómo es que dos jóvenes ingleses típicos, al punto de ser graciosamente imitados por sus congéneres, se paseen en medio del pueblo frenético, ostentando lujosos arreos y en autos espectaculares, cuando no en landós, como si fuesen personajes de otro mundo.

Ellos, los príncipes, son hijos, por suerte, de Diana Spencer, quien supo educarlos con estilo humano. Oí en la televisión, en boca de un comentarista nuestro, que eran hijos de Carlos y de Camila Parker (!).

Harry desmedido en cordones y charreteras, bufón y pícaro, parecía gozar de su disfraz, esta vez sin escarapelas nazis. El propio novio, con el rojo militar de Gales, encarnación de Diana en género masculino, acabó compitiendo en la guerrera de igual tono con sus ujieres y edecanes galeses.

Se pidió que los sombreros de las damas no fueran tan exagerados, pero fueron llegando con aparentes antenas parabólicas o con extraños garabatos colgados, no se sabe cómo, de medio lado. Salvo la señora de Beckham, quien acató, ella sí, el código del sombrero pequeño y llegó luciendo un estoperol oscuro sobre su frente, por debajo del cual miraba con ojos de misterio, como la diabla que se dejaba ver detrás de las escenas de Gibson.

La inefable Camila, discreta, según los conocedores de la moda, vistió un tono menos amarillo que el de la Reina y llegó con Carlos en el más tradicional de los autos de la Corona: un Rolls Royce antiguo y restaurado, de grandes faros y baúl cuadrado y corto.

En Westminster, la Reina en un extremo, Camila en el otro y en medio Felipe de Edimburgo y Carlos, a cual más envejecido, y éste último sin saberse cuándo o tal vez nunca, vaya a ascender al trono.

Y entre los cardenales, anónimos entre sus mitras y ornamentos, estaba posiblemente y sin que lo supiéramos, el sucesor de Benedicto.

 

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