Por: Santiago Gamboa

Primavera palestina

Es para mí conmovedor ver a Mahmud Abbas presentando a la ONU su petición de reconocimiento e ingreso como Estado de pleno derecho, aun a sabiendas de que el veto de Estados Unidos lo detendrá (¿por cuánto tiempo?), y así, el pueblo palestino seguirá arrastrando la condena de ser una nación sin Estado (aunque reconocida por 126 países, entre los que no está Colombia), en una situación de fragilidad que da toda la ventaja a Israel, que sigue mordiendo su ya escaso territorio, metro a metro, dividiendo y obstaculizando, haciéndoles la vida imposible.

Viajé por Israel y las zonas palestinas hace seis años y escribí sobre ello, y al ver que pocas cosas han cambiado, retomo ese texto y de nuevo lo suscribo. Porque lo que vi en aquellos viajes fue, como hoy, la voluntad de Israel de expulsar o instigar a abandonar sus tierras a los dos millones de árabes que viven en la Autoridad Palestina (aunque los palestinos tengan en ella poca autoridad) a través de procedimientos que hacen la vida insoportable y humillante: acoso y provocación militar, caprichoso control del agua y la luz, toque de queda, división de su territorio en zonas discontinuas (sobre todo en Cisjordania), lo que hace que cualquier desplazamiento sea una verdadera odisea, obligándolos a cruzar puestos de guardia y controles que pueden durar horas. También el encierro de ciudades con muros de granito y torreones de control, lo que las convierte en cárceles (caso de Kalkylia), o rodeadas de alambre electrificado para que nadie pase a otras zonas de la propia Autoridad eludiendo los puestos de guardia israelíes, como sucede en Ramallah, o la expulsión de familias árabes de Jerusalén Oriental (anexionada por Israel en 1967) para instalar a judíos rusos en sus casas, o la construcción ilegal de asentamientos judíos en territorios que las propias Naciones Unidas, en mapas y resoluciones, han otorgado a los palestinos, o la destrucción sistemática de su economía, o la prohibición de regresar a sus tierras a los refugiados palestinos que viven en Jordania, Siria o el Líbano, mientras que, de su lado, se pregona el “derecho de retorno” a cualquier judío del mundo a estas bíblicas tierras, sin tener en cuenta que el Antiguo Testamento no es un documento reconocido por legislación internacional alguna.

Esta situación, claro, se ha visto históricamente agravada por líderes palestinos incompetentes, desacreditados y muchas veces corruptos (recordemos las revelaciones de la prensa europea sobre las mansiones, lujosas limusinas y negocios privados de Arafat o Abu Mazen), y empeorada hasta el límite por los grupos extremistas islámicos, que con sus sangrientas “operaciones de martirio” no hacen más que darle justificaciones a Israel en su política de segregación y desahucio. Pero hay que ver a una madre palestina con los brazos en la nuca, atravesando un puesto de control del ejercito israelí en Ramallah, para saber que el siglo XX, con toda su carga de horror, en realidad no ha terminado, y es en ellos, en estos palestinos humillados que deben bajar la cabeza y esconder su indignación, culpables de ser árabes, en quienes reconozco el dolor y los crímenes a los que fueron sometidos durante siglos los judíos de Europa.

 

 

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