Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Primavera santista

El presidente que invoca su condición de periodista cada vez que lo entrevistan, desató la más grave conmoción de los últimos tiempos, por cuenta de una pésima comunicación.

De nada sirvieron los costosos asesores mediáticos que maquillan su imagen o consiguen audiencia en la fastuosa revista Vogue. Pudieron más las provocadoras expresiones que convirtieron en movimiento nacional lo que era una incipiente protesta campesina.

La única convocatoria que le ha funcionado a Santos fue la que provocó con sus retadoras aseveraciones que incendiaron las toldas de unos campesinos ignorados precisamente por inofensivos. Decir que el movimiento social no era importante, para luego rematar con la despectiva expresión de que “el tal paro agrario, no existe” logró el milagro de desatar la furia campesina.

No creo que Santos simplemente se hubiese ido de lengua, como lo justifican sus defensores. Eso es impensable en alguien tan calculador. Cierto es, como lo sostiene Maurice Droun, que de una imprudencia verbal nadie puede defenderse, pero lo de ahora no fue sólo eso, sino además el arrojo de quien es capaz de desafiar inclusive al destino.

A Santos lo que le ocurrió fue que se embriagó con el adulador incienso de los medios afectos a su corazón reeleccionista, que unas veces distorsionan las noticias con titulares amañados, y en otras lo endiosan con reiteradas carátulas, primeras páginas, artículos centrales o primicias informativas, alabándolo sin pudor por todo y por nada. Era previsible que con ese apoyo mediático el presidente no se inquietara con el alboroto de unos campesinos apestados que llevan años rogando que los oigan. Pero esta vez no pudieron ni la tinta, ni los micrófonos, porque a pesar de la lambonería con el Gobierno del cardenal Salazar y las baladronadas del mindefensa, esos humildes labriegos pusieron a tambalear la soberbia del régimen.

Y no es para menos. ¿Qué otra opción tienen los campesinos que han sido históricamente relegados por una clase alta ambiciosa y deshonesta que ha descuidado al agro? ¿Acaso las vías institucionales y las discusiones interminables con el Gobierno han funcionado y les han permitido resolver sus preocupaciones? Para no ir muy lejos, hoy pretendemos firmar un proceso de paz dizque consensuado, cuando el TLC con EE.UU. demostró que nadie oye a la población campestre, a menos que se hagan sentir como lo han hecho ahora. A propósito, ¿por qué Uribe y los negociadores del TLC no dan explicaciones a esos desposeídos que hoy están jugándose los restos de una vida miserable?

Y lo peor es que Santos no tiene un ministro que le ayude a superar tan tremenda emergencia. Ruth Stella Correa, Diego Molano, Francisco Estupiñán, Juan Carlos Pinzón son apenas miembros del cartel de la babosería oficial, al que se han sumado el resto de godos oportunistas comandados por Mauricio Cárdenas, quienes siguen plácidos en el Gobierno no obstante que el conservatismo ya dio el portazo a Santos y de nuevo se alió con Uribe, como en las épocas del saqueo a la Dirección de Estupefacientes. De nada valió el consejo extraordinario de ministros, del que no sólo no salió una sola renuncia, sino en el que no hubo nadie capaz de recordar que la solución de militarizar las ciudades para reprimir la protesta, además de ser inaceptable políticamente para un demócrata, es peligrosa en términos de orden público. En ese mismo error incurrió el dictador Rojas Pinilla, y entonces el Ejército disparó contra los estudiantes, matando a varios e hiriendo a muchos. Allí empezó el derrumbe de la dictadura.

Y de Angelino ni hablar. El vicepresidente sindicalista no ha resuelto un solo paro de los muchos de este cuatrienio perfumado, pero con sus declaraciones juega a prender velas a Dios y al diablo.

Es la hora del timonazo o de lo contrario no sólo no habrá reelección sino ni siquiera futuro.

Adenda. Qué tal el cinismo. Ahora que tiene el sol a sus espaldas y que se ha iniciado el conteo regresivo para dejar el cargo, la contratadora Sandra Morelli pide que se recorten las facultades excesivas de la Contraloría, que sin embargo ella ha ejercido con arbitrariedad y rencor.

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