Por: Rodrigo Uprimny

Primo Levi: un testigo del terror

Hace 100 años nació Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz y quien escribió algunos de los textos más poderosos sobre la experiencia en los campos de concentración.

Levi fue un judío italiano, que luego de un breve tiempo en la resistencia fue capturado y enviado por los nazis en 1944 a uno de los campos de concentración de Auschwitz, en donde estuvo prisionero, hasta que fue liberado por los soviéticos, aproximadamente un año después.

Después de su liberación, Levi buscó documentar esa terrible experiencia y escribió muy rápido su primer y más célebre libro (Si esto es un hombre), pues lo terminó en 1947, aunque tuvo mucha dificultad para publicarlo y al principio pocos ejemplares fueron vendidos. Italia se resistía aún a la memoria de las atrocidades de las cuales fue cómplice.

El libro es un relato descarnado de la manera como los nazis buscaban destruir la humanidad en los internos, que empezaba con su conversión en un número y terminaba, casi siempre, en los hornos crematorios.

Las humillaciones y las privaciones eran terribles y el hambre era constante; éramos “hambres vivientes”, escribió Levi. Pero incluso en ese mundo totalitario, que pretendía uniformar (literalmente) a todas las víctimas, Levi muestra que las individualidades subsistían.

Algunos presos sucumbían a la depresión y morían rápidamente; otros lograban adaptarse a la vida (si es que puede llamársela así) del campo y desarrollaban estrategias relativamente exitosas de supervivencia. Había igualmente aquellos que, para escapar al sufrimiento o a la muerte, se aliaban con los opresores y se convertían en kapos, que eran los internos encargados de controlar a los otros presos. Estos kapos formaban una especie de “zona gris” entre las víctimas y los victimarios, pues eran víctimas que eran también victimarios. Pero incluso en ese mundo terrible surgían solidaridades y amistades profundas, como la que desarrolló Levi con Alberto, otro italiano que se convirtió en su “amigo fraterno” en el campo.

El relato y las reflexiones de Levi son muy impactantes por su minuciosidad y por su sobriedad. En un apéndice, escrito 20 años después, Levi aclara que había usado el “lenguaje mesurado y sobrio del testigo”, pues había pensado que su “palabra resultaría tanto más creíble cuanto más objetiva fuese”, ya que solo así “el testigo en un juicio cumple su función, que es la de preparar el terreno para el juez”. Y es que, aclara Levi, “los jueces sois vosotros”, esto es, nosotros, los lectores.

En otro poderoso libro (Los hundidos y los salvados), que terminó poco antes de su muerte, Levi caracterizó al nazismo como “una guerra contra la memoria”, porque era “una falsificación de la realidad, una negación de la realidad, hasta la huida definitiva de la realidad”. El esfuerzo de Levi fue entonces el de ser un testigo de los horrores de los campos de concentración, para que esos crímenes no quedaran ocultos ni fueran olvidados.

Aunque obviamente el horror que hemos vivido en Colombia es distinto al de los universos concentracionarios descritos por Levi, las tareas de preservación de la memoria y documentación de las atrocidades de nuestra guerra tienen una urgencia ética semejante. En ambos casos se trata de luchar por la verdad y por la memoria, para honrar a las víctimas y prevenir la repetición de las atrocidades.

Adenda: en un blog en La Silla Vacía, escrito con la colega Valentina Rozo, controvertimos sistemáticamente las respuestas del consejero de Derechos Humanos, Barbosa, a mi última columna (“Cifras mortales”), que mostró que carecía de todo fundamento la tesis del Gobierno de que los homicidios de líderes sociales habrían disminuido gracias a las acciones gubernamentales.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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2019-08-11T05:20:00-05:00

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2019-08-11T05:30:02-05:00

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