Por: Reinaldo Spitaletta

Privatización de la lengua

Quizá esté bien empezar con palabras de Neruda, que son las mismas tuyas, las mismas mías, las de nosotros: “Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos…”. Sí, ya lo dijo un filósofo de la antigüedad –dicen que todos los filósofos son antiguos- que las palabras crean las cosas. Y una de esas cosas es que hoy parece que las palabras se van a privatizar.

Y lo hará nada más y nada menos que la Real Academia de la Lengua Española, aliada a conglomerados económicos que, por lo visto, algún día nos van a cobrar impuestos por usar las palabras.

La sospecha comenzó cuando al periodista uruguayo Ricardo Soca, autor del servicio en internet La palabra del día, de distribución gratuita a más de doscientos mil suscriptores, le llegó una comunicación “algo petulante” de un abogado del grupo editorial Planeta, que dijo actuar en nombre de la Real Academia Española (RAE). En su mensaje le instaba a retirar una pieza de su página en la “que por sus propios medios” recopilaba una comparación entre las entradas del diccionario de la RAE y las actualizaciones que la misma realiza en perspectiva de la publicación del nuevo diccionario.

El caso es que al periodista lo acusaron de contravenir códigos y leyes, además de “competencia desleal”. Y, bueno, para no armar más embrollos y follones él decidió retirar las partes pertinentes en las que, además, citaba la fuente. “En el mensaje se me advertía, en nombre del Grupo Planeta y de la Real Academia Española, que debería retirar los avances de la vigésima tercera edición del diccionario académico, pues estaría violando, aquí en Montevideo, no sé qué leyes civiles y penales del Reino de España”.

Además, a Soco le prohibieron la introducción de enlaces que faciliten el acceso directo a cualquiera de los contenidos de los sitios web de la RAE. Como se sabe, la Real Academia Española es financiada con dineros públicos y, según se ve, ahora ha delegado en empresas privadas “del Reino de España –palabras de Soco- una parte de la autoridad que hace 298 años le confirió Fernando V para unificar la lengua del imperio”. El asunto va más allá, y a través de una empresa privada, la Academia está impidiendo la divulgación en internet de obras en cuya elaboración han participado las 22 academias, como es el caso del diccionario.

En estos tiempos neoliberales, en que se privatizan el agua, el aire, el cielo, (pronto privatizarán la luna), los servicios que antes eran públicos, en fin, parece haber llegado la hora de la privatización de la lengua. La RAE “pretende imponer las leyes del reino a los países hispanohablantes”. De seguro, a cierta parte de los campesinos de Antioquia, por ejemplo, les cobrarán que estén usando todavía palabras del Siglo de Oro español.

Se sabe, también, que los académicos son los que encarcelan la lengua. Lo advirtió Cervantes, en su obra magna, cuando destacaba el uso popular de las palabras y concedía todo el poder creativo al uso y al vulgo en el enriquecimiento de la lengua (Ver capítulo 43 de la segunda parte del Quijote). Hace tiempos, ciertos académicos colombianos se opusieron a la postulación que hicieron, en distintos años, Jean Paul Sartre y Thornton Wilder, de Fernando González al Nobel de Literatura.

Comentaba el poeta argentino Ricardo Ostuni que no es extraño que, en algún acuerdo con Planeta, aparezcan ahora propietarios de la lengua. Y nada raro que nos cobren derechos de autor por las palabras que emitimos. A esos bárbaros, los conquistadores, que llegaron y arrasaron, “se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma”, cantaba Neruda. Se robaron el oro y nos dejaron el oro. El poeta chileno advertía que se llevaron todo y nos dejaron todo: “nos dejaron las palabras”.
Pues no. Ahora los hechos parecen indicar que nos van a cobrar todo por las palabras que nos dejaron, que, además, han sido enriquecidas de modo extraordinario por las culturas que ellos borraron. Y por los cotidianos aportes del pueblo, al que los académicos de la lengua tanto desprecian.

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