Por: Manuel Drezner

Problemas operáticos

Con bombos y platillos (como corresponde a una entidad musical) la Opera Metropolitana de Nueva York lanzó el año pasado el comienzo de un nuevo montaje para la tetralogía wagneriana.

Muchos aficionados a la ópera se preguntaron si realmente se justificaba hacer esa nueva escenificación si la tetralogía que existía era bellísima y si no hubiera sido mejor invertir los millones de dólares que se gastaron (aparentemente más de veinte millones), en  buscar y presentar muchas obras que a pesar de ser importantes, no son interpretadas con la frecuencia que fuera de desear. El director del Metropolitan, que proviene de medios basados en la publicidad, ignoró ese deseo de los melófilos y lanzó una versión basada en tecnologías de avanzada, incluso proyecciones y un complicado sistema de puentes que obligó a reforzar el escenario de esa casa de ópera.

Los resultados hasta ahora, dicen los conocedores que la han visto, no justifican la inversión hecha y todas esas complicaciones de escenografía incluso impiden el desarrollo interpretativo normal de las óperas. El empresario, sin embargo siguió adelante, hasta que se presentaron misteriosos problemas, que no han salido a la luz pública pero que han originado rumores en los principales blogs que se dedican a esas cosas de la ópera. El resumen de esos rumores es que los cantantes se han quejado de que no han conseguido que el director escénico les dé pautas interpretativas y que todo se ha reducido a enseñarles complicados movimientos, en especial hazañas de equilibrio para que no se caigan de los puentes que son el centro de la escenografía. El resultado, dicen los chismes, es que los directivos de la Opera Metropolitana se han visto obligados a contratar a un director escénico fantasma, que asesore y ayude al original en lo que no ha podido dar a los cantantes. Muy grave sería esto de ser cierto porque indicaría que la interpretación no pareciera haberle importado a quien montó la ópera y se dedicó a hacer presentaciones, espectaculares es cierto, pero completamente superficiales.

El hecho es que la ópera requiere de algo más que bella escenografía y montajes espectaculares y la queja de los cantantes es un reflejo de la forma como muchos directores escénicos ignoran la necesidad de ayudar a transmitir los valores dramáticos que tiene la ópera. Que eso, además, suceda en una casa tan prestigiosa como la neoyorquina, indica que en todas partes se cuecen habas y que esa horrible tendencia que los críticos han apodado eurotrash, o sea ‘basura europea’, está comenzando a invadir a Estados Unidos también.

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