Por: Humberto de la Calle

Proceso 800.000

Crece la audiencia. Colombia tuvo su proceso 8.000 por problemas en la financiación de la política. Ahora Argentina comienza a vivir el proceso 800.000.

En efecto, un maletín con esa misma suma en dólares fue incautado al empresario Guido Alejandro Antonini, beneficiario de doble nacionalidad, estadounidense y venezolana. Los informes preliminares vinculan esta suma a la financiación de la campaña de la presidenta Cristina Fernández. Un fiscal gringo dice que tres acusados en la Florida son agentes venezolanos, algo que niegan los dos gobiernos suramericanos involucrados, quienes agregan que se trata de una trampa del imperio del norte. Curioso. También en los albores de nuestro proceso 8.000 se dijo -sobre todo en el extranjero- que era una maniobra gringa contra un gobierno independiente de los dictados de Washington.

El hecho es que la financiación de la política sigue siendo noticia. Es un fantasma que ronda todos los países y que hace estragos en los cuatro puntos de la rosa de los vientos. Es, además, el principal lunar de la democracia. La financiación en manos de grandes magnates deja un sabor plutocrático inquietante.

No hay soluciones mágicas. Con excepción de Canadá, que tiene un esquema multifacético bastante eficiente, casi todos los demás fallan. Estados Unidos tiene el peor del mundo. Elecciones costosísimas, parafernalia agobiante y serios agujeros negros en el sistema legal. Comenzando porque quien no toma dinero oficial, escapa casi por completo a la jurisdicción del Estado. Y la llamada soft money, que engañosamente va a organizaciones y no a candidaturas, es en verdad un descarado esquema de elusión de los controles. Los suecos confían en la gente, pero esto no siempre es buena idea. Y los alemanes dicen que la información oportuna es suficiente. Basta con que la gente sepa el origen del dinero para decidir bien. Un poco romántico.

Entre tanto, la fórmula sigue siendo la misma: transparencia en el origen del dinero, controles al gasto, dinero público ojalá distribuido en forma más equitativa que igualitaria, ayudas indirectas, como presencia en medios de comunicación, mejor que dinero físico, organismos fuertes y sanciones eficaces.

En Colombia lo tenemos todo en la teoría, pero en la práctica hay serias debilidades. El Consejo Electoral es impotente, tanto por su origen como por los medios de que se le ha dotado.  

La respuesta ha sido ceder a la tentación de abundar en financiación oficial. Ésta es necesaria, pero la eliminación de la financiación privada, como se propuso en la discusión de la reforma política, es a la vez ingenua y nociva. Le sirve al honesto. Pero el que acude al dinero negro no va a dejar de hacerlo simplemente porque esté prohibido. En cambio, convierte a los partidos en organizaciones autistas aisladas de la sociedad. Meras excrecencias cuasioficiales a las que les importa más el tesorero del Consejo Electoral que la conexión palpitante con la sociedad viva.

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El proceso 800.000 argentino ha producido un efecto geopolítico: el deseo de la presidenta Fernández de regresar a la época de las “relaciones carnales” de su país con los gringos, queda congelado. Argentina deja a un lado a Bush y no logra zafarse de Chávez. Al menos por ahora.

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