¡Profesores, los necesitamos!

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ALGUNOS DE LOS PENSADORES MÁS inteligentes de los problemas en Estados Unidos y en el mundo son profesores universitarios. Pero en su mayoría, simplemente no pesan en los grandes debates de la actualidad.

La forma más punzante de descartar un argumento es decir: “Eso es académico”. En otras palabras, ser académico significa ser irrelevante en muchos casos.

Una razón es el antiintelectualismo en la vida de Estados Unidos, el tipo de actitud que hizo que Rick Santorum reprendiera al presidente Barack Obama llamándolo “esnob” por querer que más jóvenes pudieran ir a la universidad. O la que hace que los congresistas republicanos critiquen el gasto en investigaciones de ciencias sociales. Pero no es sólo que Estados Unidos ha marginado a algunas de sus mentes más brillantes. Ellas se han marginado a sí mismas.

“Todas las disciplinas se han vuelto más y más especializadas y más y más cuantitativas, lo que las hace cada vez menos accesibles para la gente en general”, observa Anne-Marie Slaughter, exdecana de la escuela Woodrow Wilson de Princeton y actual presidenta de la Fundación Nueva América.

Hay muchas excepciones, por supuesto, especialmente en economía, historia y algunas ciencias, en escuelas de estudios superiores como derecho y administración y, sobre todo, en escuelas de administración pública. Para el caso, tenemos a un profesor de derecho en la Casa Blanca. Pero en general, creo que ahora hay menos intelectuales en los planteles universitarios estadounidenses que en la generación anterior.

Un problema fundamental es que los programas de doctorado han impulsado una cultura que glorifica lo oscuro e ininteligible y desdeña los efectos y al público. Esta cultura de exclusividad se transmite después a la siguiente generación a través del proceso de titularidad en la cátedra, para el cual la consigna es publicar o perecer. A los rebeldes se les aplasta o se les aleja.

“Muchos académicos desdeñan la prédica en público por considerarla una distracción frívola de la verdadera investigación”, indica Will McCants, especialista en Oriente Medio de la Institución Brookings. “Esta actitud afecta las decisiones para dar titularidad. Si la clave sine qua non del éxito académico es la publicación de artículos revisados por los pares, entonces se penaliza a los académicos que malgastan su tiempo escribiendo para las masas”.

El último intento del mundo académico por amurallarse y apartarse del mundo externo fue la propuesta de la prestigiosa Asociación de Estudios Internacionales, en el sentido de que los editores de sus publicaciones estuvieran impedidos de tener un blog personal. La asociación también hubiera podido gritar: ¡queremos que nuestros académicos sean menos influyentes!

Un problema relacionado es que los académicos que buscan la titularidad deben codificar sus ideas en una prosa ampulosa. Como doble protección contra el consumo público, estos galimatías suelen esconderse en publicaciones desconocidas. O se publican en la prensa universitaria cuya reputación de soporífera mantiene a distancia a los lectores.

Jill Lepore, historiadora de Harvard que también escribe para The New Yorker y es una excepción de todo lo que he dicho aquí, observa el resultado: “Una enorme y colmada montaña de conocimiento exquisito rodeada de un amplio foso de terrible prosa”.

Como experimento, algunos estudiosos envían galimatías sin sentido a las publicaciones académicas y ven con sorpresa que sus tonterías son publicadas.

Mi amor de antaño, la ciencia política, es un delincuente particular y parece estar tratando de cometer suicidio en términos de efectos prácticos.

“Los doctores en ciencias políticas generalmente no están preparados para hacer análisis del mundo real”, advierte Ian Bremmer, doctor en ciencias políticas que maneja el Grupo Eurasia, una empresa de consultoría.

A fines de los años treinta y principios de los cuarenta, el 20 por ciento de los artículos de la revista American Political Science se centraban en recomendaciones de política: en el último conteo, ese porcentaje se había reducido a 0,3 por ciento.

Las universidades se han retirado de los estudios de área, por lo que tenemos especialistas en teoría internacional que saben muy poco de lo que es práctico en el mundo. Después de la Primavera Árabe, un estudio del Centro Stimson examinó si diferentes sectores habían previsto la posibilidad de levantamientos. Encontró que los académicos fueron los que más caso omiso hicieron, en parte porque se basan en modelos cuantitativos o en construcciones teóricas que fueron inútiles para prever los disturbios.

Muchas disciplinas académicas también han reducido su influencia por descuidar la diversidad política. La sociología, por ejemplo, debería estar en el centro de muchos problemas nacionales, pero está tan dominada por la izquierda que la derecha la rechaza instintivamente.

En cambio, la economía es uno de los pocos campos académicos con una presencia republicana significativa y eso ayuda a mantener los debates económicos dentro del mundo real. Esa podría ser una de las razones, junto con el empirismo y el rigor, de que los economistas (como mi colega en estas páginas Paul Krugman) influyan en el debate de muchos temas, desde la atención médica hasta la educación.

Hoy en día, los profesores tienen a su disposición un número creciente de herramientas para educar al público, desde cursos en línea hasta blogs y medios sociales. Empero, los académicos han sido lentos para aventar perlas de conocimiento en Twitter o Facebook. Del mismo modo, han sido las charlas TED, a cargo de gente no académica, las que hacen que sea agradable mirar las conferencias (aunque debo un reconocimiento a las conferencias de Teaching Company, que han animado los paseos en auto con mi familia).

Escribo esto con pena, pues alguna vez consideré una carrera académica y admiro profundamente el conocimiento que se encuentra en los planteles universitarios. Así pues, profesores, no se enclaustren como monjes medievales. ¡Los necesitamos!

 

* Columnista de The New York Times, dos veces ganador del Premio Pulitzer en opinión.

 

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