Por: Valentina Coccia

Prófugos

Hay una sombra que se asoma sobre este entorno siniestro. De un día para otro, en estas calles lluviosas y charcosas de Bogotá, en las que los autos empapan con sus chorros de agua a los peatones, en las que las señoras sin paraguas corren para escampar debajo de alguna tienda, o en la entrada de alguna cigarrería, aparece, sigilosamente, el prófugo. Disimulado al principio, casi invisible, lo encontrábamos únicamente cuando caminábamos por la calle, y la cadencia de su voz, de su acento del país vecino, se ahogaba entre los miles de ruidos, entre las voces pregoneras, entre las sirenas de las ambulancias, entre el pasar de los transmilenios, para luego extraviarse definitivamente en el quehacer de las labores diarias. Hoy esos prófugos, cuya voz encontrábamos de vez en cuando por la calle, o en la sonrisa atenta del dependiente de alguna cafetería, se han vuelto visibles para nosotros, mostrándonos la cara en cada esquina, en cada bus en el que nos subimos, en cada voz que dispendiosa pregona “¡Arepas! ¡Arepas venezolanas!” , imponiéndose al ruido de la ciudad, al silencio que todos llevamos dentro.

La llegada de los prófugos venezolanos está trasformando de forma sigilosa no solo sus vidas sino las nuestras. Una mañana nos despertamos siendo un país anfitrión, que de alguna manera debe ajustarse para darle la bienvenida a todos aquellos que se vieron obligados a huir, dejando sus huellas en un país desierto para buscar una mejor vida más allá de la frontera.

Sin embargo, muchos no comprendemos lo que significa ser un prófugo. El rechazo, la violencia con la que muchos pasantes desprecian la historia de aquellos que están mostrando la cara en nuestras calles, pone una señal de alarma que de no desarrollarse en el sentido solidario, da pie al racismo y a otro tipo de manifestaciones que nos llevarán al despliegue de una nueva violencia. En Europa, que actualmente recibe con creces la llegada de miles de fugitivos que provienen de África y Oriente Medio, ha surgido todo un movimiento literario que intenta explicar la naturaleza del prófugo, no solo desvelando las historias que ocultan sus ojos desesperados, sino también cómo la carrera tremenda que estas personas emprenden para llegar mucho más allá de un límite termina en un cambio forzoso de identidad, en una muerte súbita que eventualmente llevará a un renacimiento. A mi modo de ver, lo que estos textos nos muestran es que la experiencia del prófugo puede explicarse en un recorrido de tres etapas: la muerte inesperada, la carrera por la supervivencia y la identidad transfigurada.

La muerte inesperada

Un prófugo no es una víctima de sus malas decisiones. Un prófugo, en primer lugar, es la víctima de una gran avalancha, de un gran terremoto político, jurídico, económico o como quiera llamarse. Jenny Erpenbeck, en su libro Voces del verbo ir , le da la palabra a Awad, ghanés residente en Trípoli que sufre, como en una injusta condena, los desastres de la guerra: “ …llegó una patrulla, me obligaron a montarme en su camioneta y me llevaron a un campo lleno de chozas. Vi muchos muertos en el recorrido. Algunos asesinados con fusil, otros acuchillados hasta la muerte. Ese día conocí la guerra. Ese día conocí la guerra”. Esa ola de destrucción que Awad nos relata, esa desventura que irrumpe como un torbellino, es el común denominador de todos los prófugos. Hay un hecho letal, una tragedia que incide en la realidad y que le da indecorosa muerte a la vida que se conoce, al “yo” que siempre hemos sido.

La carrera por la supervivencia

Después de esta horrenda calamidad, el prófugo intenta sobrevivir, intenta recoger los restos de su identidad para movilizarse hacia una mejor existencia, hacia un nuevo “yo”. Dicha recompensa solo llegará después de haber traspasado los límites y obstáculos que la carrera por la supervivencia decida imponer. En su obra No me digas que tienes miedo Giuseppe Catozella hace un recuento de la vida de Samia, una joven que escapa de Somalia para atravesar el Mar Mediterráneo y convertirse en una gran atleta. Durante su larga travesía, Samia piensa en su recompensa: “Prepárate para lo peor, te dicen. (…) Y tu no quieres creerlo. No puede ser verdad. Todo lo que había enfrentado hasta el momento era el infierno, nada podía ser peor. Además estaba el mar, mi mar, no podía hacerme daño. (…) En Italia nos habríamos finalmente reencontrado”. La audacia de la supervivencia, en el relato de Samia, es un sueño realizado, un nuevo “yo” que se abrazaría infinitamente con esa tierra europea que estaba a punto de tocar. El ensueño del encuentro con la frontera, la fantasía de un nuevo comienzo después de traspasar el límite, es lo que mantiene a Samia con vida durante su travesía por el desierto, por ese lugar abandonado por Dios.

La identidad transfigurada

Una vez traspasado el límite, finalizada la carrera con la supervivencia, el prófugo debe reconstruir su vida, luchando con unos recuerdos imborrables, con unas marcas inéditas, con unas cicatrices histéricas que día a día le recuerdan el pasado que dejaron atrás. En Yo no me llamo Miriam, gran obra de la escritora sueca Majgull Axelsson, una rom sobreviviente de los campos de concentración intenta hacer las paces con su pasado y convencerse de que merece la cálida vida que se ha ganado. Dice Axelsson: “En el fondo vivió su vida en un país seguro, se convirtió en la madre y en la abuela de niños sanos y felices, nunca recibió un puño en la cara ni su espalda fue lastimada con un látigo de cuero. De todas formas, después de tanto tiempo, sigue preocupándose, tiene miedo de todo: camina jorobada y con los brazos pegados al cuerpo. Parece convencida de que su mundo está encerrado en una pompa de jabón, tan frágil que cualquier gesto sea capaz de borrarla”. La culpa por haber sobrevivido, la dificultad de adaptarse a un nuevo “yo”, el tormento de no poder olvidar el pasado, y sobretodo el miedo a perderlo todo de nuevo, hacen de la identidad de Miriam una fuerza que trastabilla a cada instante.

Este texto no es más que una invitación para ser benévolos con aquellos que llegan, a no verlos como una amenaza, como unos ladrones que vienen a quitarnos trabajo, beneficios y demás. Compartamos lo que es nuestro y aprendamos de sus experiencias. Que nuestros oídos y nuestras manos se desplieguen para escuchar y recibir de ellos el insólito aprendizaje que nos regalan con su llanto, y que bajo nuestro techo, puedan renacer corriendo hacia nuevos horizontes.

@valentinacocci4 

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