Por: Lorenzo Madrigal

Programación Trapitos

EN EL ENTREACTO DE LOS OFICIOS, nos pone la televisión de Semana Santa a mirar películas polvorientas, de aridez palestina, de “trapitos” de colores, aunque generalmente turbios y de un fílmico sol canicular.

Algunas son repetidas (¿cuántas veces hemos visto Jesús de Nazaret o El mártir del Calvario? ); las hay buenas, que consiguen interesar y hasta crear suspenso, siendo tan conocida la conclusión argumental. En todas muere Cristo, pero con la resurrección se logra un final feliz.

Es posible que reaparezca en la pantalla chica La Pasión de Mel Gibson, con su tremendo dolor físico, con sus excesos sanguinolentos y, lo que pocos comentan, con la presencia diabólica, ya que este filme, como cualquier Exorcista, escenifica el mal. Me atrevería a decir que el final de Gibson no es bueno, pues el sacrificio redentor es mostrado como un triunfo demoníaco.

En un canal de televisión o en otro, veremos los esfuerzos del cine por representar a Jesús y a su entorno, con parecidos resultados. ¿Monotonía? Sí, claro está. La radio ofrecerá música sacra (ojalá gregoriana, con voces de frailes) y, en todo caso, música selecta.

El Viernes Santo las emisoras entregan sus micrófonos a los conferenciantes religiosos. Mucho añoramos, pues era como otra sinfonía litúrgica, la voz melodiosa y adormecedora del prelado caldense y arzobispo de Tunja, monseñor Augusto Trujillo Arango, dueño él solo, y muy capaz, de las Siete Palabras, con pocas variaciones en los largos años de su predicación.

La religiosidad cunde, no sé si la fe, que es concepto más exigente. La mayoría se aferra al mito. A Dios se le invoca para todo, para meter un gol o agradecerlo y existen frases coloquiales de hondo sentido, que se dicen por rutina. Entre los seguidores de iglesias nuevas, de respetables creencias, se oye a menudo que “encuentran al Señor”, bajo distintas formas y sectas, cada cual de nombre más extraño.

Tienen por estos días los oficiantes religiosos la sartén por el mango. El público que concurre a sus recintos está ahí para escucharlos. Una tendencia equivocada es demorarlo como auditorio cautivo, no pensando quien predica en el cansancio de sus escuchas y en que la comprensión no siempre llega, a menos que el predicador tenga un excelente dominio de la palabra.

La ciudad se verá tranquila por estos días, si no es más azotada por el invierno y la inmovilidad. Al tibio hogar traerá la televisión el sol de Galilea y “los trapitos” salpicados de arena; afuera, muchos revivirán las prácticas religiosas multitudinarias, así como en ciudades emblemáticas (Popayán,  Mompós,  Pamplona), se verá el esplendor de la Semana Mayor.

 

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