Por: Salomón Kalmanovitz

Programas presidenciales

JUAN MANUEL SANTOS CONDENSA su programa de gobierno como un virtuoso continuismo de los logros de la administración Uribe: “Nosotros vamos a trabajar para que el país siga adelante”.

El vicepresidente que escogió, Angelino Garzón, ex dirigente sindical, aparece como la toma de una sutil distancia de la política dura de “confianza inversionista” que acolitó la descarga de impuestos a favor de las rentas más altas, los subsidios para los ricos y la libertad de precios para los medicamentos esenciales. Aunque es cada vez más evidente que el país ha sufrido de un gran retroceso institucional, el candidato de la U no se desliga de las oscuras fuerzas políticas que acompañaron al presidente saliente. Puede ser que con Santos, “el país siga para atrás”.

Traté de entender la propuesta de Sergio Fajardo pero no lo logré. Habla de la confianza, los principios y la coherencia pero no encontré un diagnóstico de la situación que lega Uribe ni cómo va a hacer para superar el desempleo que se acerca al 15% de la fuerza de trabajo o la informalidad que padece el 60% de los compatriotas. La frase que acuñó de “ni uribista ni antiuribista” le impide hacer un inventario crítico de ocho años de mal gobierno, aunque con una mejora importante de la seguridad frente a la insurgencia. Pero también, y eso parece ignorarlo Fajardo, un deterioro muy serio de la seguridad ciudadana, especialmente evidente en Medellín, donde no ha asumido la responsabilidad que le corresponde en gobernar orbitando por encima de las fuerzas oscuras y el crimen organizado que manejaban las comunas más pobres y violentas de la ciudad.

Noemí Sanín se ha deslindado un poco del uribismo y ha querido que el Partido Conservador no termine como apéndice del Partido de la U y del santismo que carga con los falsos positivos que se derivaron de los incentivos perversos, implementados por Santos como ministro de la Defensa, con los que comenzó a operar el Ejército. Pero en el fondo ideológico, Uribe es conservador y religioso y ha lesionado seriamente el principio constitucional fundamental de la separación de la Iglesia y del Estado. Ha fomentado el catolicismo militante que se expresa públicamente por doquier, arrinconando al resto de religiones y a los agnósticos. Ante esa situación ni los conservadores en general, ni Noemí en particular, tienen posición distinta al proceso de conservatización social con el cual simpatizan.

Está por último Antanas Mockus, sobre quien debo revelar a mis lectores mis preferencias por la larga relación de entendimiento y colaboración que llevo establecida con él. Antanas, Peñaloza y Lucho Garzón simbolizan administraciones de Bogotá que lograron un milagro urbano: lucharon contra la politiquería, se apoyaron en técnicos y académicos para hacer gestiones pulcras y eficientes y lograron que Bogotá se desarrollara económicamente y redujera al mismo tiempo sus disparidades sociales. El programa de Bogotá Sin Hambre hoy se convierte en una “Colombia Sin Hambre” para cualquiera de los tres que resulte ganador de la consulta verde.

Antanas está por una reinstitucionalización del Estado frente a la concentración de poder presidencial y destrucción del aparato regulatorio y debilitamiento de los ministerios en estos ocho años de gobierno de Álvaro Uribe. Está por el fortalecimiento de la sociedad civil, reorganizando los ciudadanos en circunscripciones en las que los elegidos rinden cuentas de su gestión frente a los que los eligieron.

 

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