Por: Nicolás Rodríguez

Progresismo moralista

Por muy bien que todo salga en la tercera ronda de discusiones en La Habana, no habrá una solución total al tema del narcotráfico.

Tienen razón quienes reivindican la importancia de aterrizar el debate para que el poco tiempo disponible entre reunión y reunión no se vaya en exigencias retóricas y más bien populistas. Suponer que la legalización de los cultivos ilícitos se puede acordar desde Cuba es evidentemente un ejemplo extremo de lo anterior.

Con todo, el hecho mismo de que se discuta abiertamente el tema (sin que Estados Unidos amenace con quitarles las visas a los colombianos) también es una buena oportunidad para revisar los argumentos de los que se han opuesto desde antes a la absurda guerra contra las drogas y su prohibicionismo. Después de todo, su propia batalla contra la guerra contra las drogas tampoco ha arrojado demasiados resultados.

Entre nuestros progresistas más connotados, a los que se les reconoce la postura crítica y el talante liberal, prima un moralismo con tintes de lucha de clases que raya en lo insufrible. Dados sus altos niveles de consumo, durante mucho tiempo la estrategia de esta primera ola de activistas consistió en exigir reciprocidad del gobierno de los Estados Unidos. El mensaje central para ganar adeptos era más o menos el siguiente: mientras unos yupis terriblemente millonarios se lanzan a consumir cocaína en sus trabajos y desvergonzadas orgías, Colombia se desangra.

Con una que otra variación (también está, por ejemplo, el ataque a la elegante modelo anoréxica que no siente nada por el hambre de los niños en el mundo), esta ha sido la imagen predilecta de nuestros progresistas. Pasan los años (las décadas) y el moralismo sigue siendo el lente predilecto de los más avezados impulsores del cambio. Por estos días, Daniel Samper Pizano se refería a “Wall Street, tan drogadicta” como quien habla del Gun Club en términos de perfumada cantina de alcohólicos indolentes.

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