Por: Rodolfo Arango

Progreso

El progreso, idea moderna y secular, como recuerda Claus Offe, surge en el siglo XVIII, asociada a la búsqueda, colectiva y consciente, de emancipación.

Mediante el progreso, diversos colectivos intentan liberarse de la necesidad, del miedo y de la dominación de otros. Tal condición se logra básicamente con el reconocimiento de derechos humanos y la institucionalización de políticas y programas para su efectiva realización. Pero, por sus pretensiones de cambio y transformación social, el progreso ha sido también, desde sus orígenes, una idea contenciosa a la que se oponen tanto conservadores como reaccionarios.

Durante el siglo XX la idea del progreso ha sufrido un “estrechamiento semántico”; ha sido “capturada” por una visión reducida que la identifica con crecimiento económico. Tal reduccionismo no es patrimonio exclusivo de una ideología. Ha sido compartido por liberales y socialistas. El empobrecimiento del ideal del progreso parece dejar todo el espacio al sentimiento posmoderno de indiferencia y fatalismo, funcional a la dominación. Para el ánimo posmoderno habría que aceptar la realidad que, por su complejidad e interdependencia, de todas formas no podríamos cambiar. Así las cosas, sólo nos quedarán la protesta creativa, la denuncia y la fuga hacia el arte, la música, la religión o cualquier opción gratificante.

Sin duda el déficit en la implementación y la crisis de credibilidad que afectan la realización del ideal del progreso fomentan el ánimo pesimista de amplios segmentos de la población. Hipocresía de exmandatarios que presentan fracasos como aciertos. Cinismo de servidores públicos que cierran los ojos ante la corrupción para no perder los apoyos políticos, públicos o privados. Desorientación de movimientos ciudadanos descreídos de la política y del Estado. Todos son hilos de una entretejida realidad con la que nos acostumbramos a vivir, a veces con sobresaltos, a veces con fatalismo.

¿Cómo enfrentar la creciente disposición al cinismo, al desencanto, con la idea del progreso? Una propuesta sensata, algo conservadora como la califica el propio Offe, es aumentar nuestra capacidad para prevenir catástrofes y retrocesos sociales respecto de lo ya alcanzado en materia de derechos, así como de las instituciones, normas y relaciones para su realización. Por supuesto, esta meta requiere en sociedades gravemente quebradas como la nuestra de un enorme esfuerzo de transformación, institucionalización y, sobre todo, educación.

Ante la incompetencia del pensamiento capitalista para medir costos cualitativos y externalidades negativas de largo plazo (medio ambiente) con sus modelos de costo-beneficio, focalizados en crecimiento, eficiencia, productividad o competitividad, se hace necesario a los gobiernos de expertos hacer uso explícito de la propaganda y la represión para asegurar estabilidad a corto plazo. Ya se apresta el actual gobierno, por vía de su ministro de guerra, con una mano a criminalizar la protesta mientras que con la otra reparte dinero a diestra y siniestra para calmar el temporal.

Es urgente repensar las relaciones entre sociedad, Estado y mercado en el tercer país más desigual de Latinoamérica. Los mercados pueden ser buenos para ciertas cosas; pero no son propiamente generadores de equidad social y solidaridad, entendida esta última como “responsabilidad ante injusticias estructurales” (ver revista RES 46, 2013, Universidad de los Andes). Es indispensable sustituir en el Estado a los defensores de una idea convencional y empobrecida de progreso, para así recuperar la significación original del término.

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