Por: Darío Fernando Patiño

Progreso con paso restringido

OCUPADOS TODOS EN LOS ESCÁNDAlos judiciales y políticos y en ir detrás de las polémicas que el propio Gobierno genere, como van los perros amaestrados detrás de la bolita que les lanzan sus amos, damos la espalda a temas gravísimos, por los que nadie responde y por los que nadie tampoco pregunta.

Me refiero a la catástrofe de las carreteras y al desbordamiento de los grandes ríos.

Siguiendo la tendencia natural de protegerse de los aguaceros bajo cualquier pedazo de techo, esperando a que pase el temporal para volver a la normalidad, en este país soportamos con una resignación increíble, y varias veces al año, derrumbes, inundaciones y muertes. Nos cubrimos la cabeza con un impermeable de despreocupación y salimos luego a disfrutar de unos minutos de sol, mientras se repite un ciclo cada vez más frecuente.

Y creemos que todo es culpa de la naturaleza y de este clima que “está más loco que nunca”.

¿Pero será solamente por el clima que en una misma semana quedan bloqueadas vías tan importantes como la carretera al llano? ¿O que el centro y el occidente del país resultan aislados por derrumbes en las dos únicas carreteras que los comunican: la Ibagué-Armenia y la Manizales-Bogotá?

Lo que hay es un retraso vergonzoso en la ampliación de la red vial nacional y en el mantenimiento de la actual. Este país pagó un alto precio por la posibilidad de volver a transitar sus carreteras: aceptar que sean imposibles, estrechas y frágiles, con tal de que no haya retenes de la guerrilla.

 Por tener tranquilidad, nos resignamos a viajar acorralados entre tractomulas y buses desmadrados en épocas de verano y a movernos entre rocas desprendidas y pedazos de carretera hundidos en invierno.

El locuaz Ministro de Transporte y el director de Invías, extrañamente silenciosos por estos días de emergencia, no terminan de explicar qué pasó con las grandes vías en los seis años de gobierno. Si tenían la oportunidad y la necesidad de llevarlas a cabo, ¿por qué apenas ahora parecen estar arrancando, después de muchos estragos y tragedias? No se puede alegar que ha faltado tiempo.

Pero nadie indaga hoy sobre eso. Los políticos malos están ocupados en defenderse y conservar su silla y los otros (que en realidad no son políticos, sino congresistas de un solo período) están preocupados por salirse rápido del Congreso. Y el Gobierno, casando peleas diarias, bien sea con un gobierno vecino, un guerrillero invisible o un estudiante universitario.

 Pero… ¿y las carreteras? ¿Con lo que tenemos ahora aspiramos a ser competitivos? ¿Soportaremos el alza de la gasolina que conmociona al mundo y la escasez de alimentos que preocupa incluso a los más poderosos, con 300 tractomulas atascadas durante una semana entre Villavicencio y Bogotá?

¿O cientos de contenedores sin poder salir de Buenaventura o llegar a ese puerto? Nadie en el inoperante Parlamento ha promovido un juicio de responsabilidades por la precariedad de las vías o por la imprevisión en el manejo de los ríos, que ahora se desbordan en manada.

 Y si alguien lo ha hecho, no se ha notado. Los altos funcionarios, antes que responder y hablar de lo que viene, son enviados a remover tierra y roca en los derrumbes, para que cuando pase la mala racha, los colombianos volvamos a inundar las carreteras, agradecidos de poder viajar seguros, aunque “apretaditos”. Como aceptamos que la lluvia llegue y pase mientras tengamos algo de techo, así hemos admitido que nuestro viaje al progreso se haga en caminos con paso restringido.

 

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