Por: Rafael Orduz

Prohíbase para que florezca

EN EL 98 ANTANAS MOCKUS Y EL  suscrito visitamos alcaldes de municipios con las más altas tasas de homicidios en el país. Uno de ellos, no conforme con los datos letales, llamó a su secretario de Gobierno: la próxima vez que sepa de un muerto en alguna vereda de acá, haga que pasen el cuerpo al pueblo de al lado.

Algo similar ocurre con los resultados de la política antidrogas a nivel global. A fines de junio pasado apareció el Informe Mundial sobre las drogas 2009 de Naciones Unidas. Con la visión del alcalde de marras, la reacción triunfante de Colombia no se dejó esperar: se redujo el área cultivada a 81 mil hectáreas y Colombia ¡sólo representa el 50% de las 840 toneladas métricas de cocaína que se producen en el mundo!

En otra perspectiva, con altibajos de un año a otro, la producción mundial de cocaína en 2008 es superior a la de 1998, ratificando el fracaso estruendoso de políticas sustentadas en la prohibición. Recomposición en la siembra (algo menos en Colombia, que sigue siendo el cultivador más grande) y en la distribución y el transporte, en los que el papel de la mafia mexicana se ha incrementado, no alteran el resultado final del conjunto: demanda boyante que se satisface con una oferta cuya composición regional puede variar de un año a otro.

De los consumidores de la droga reina, la cocaína, 5.7 millones están en los Estados Unidos. País que gasta algo más de 40 mil millones de dólares anuales (The Economist, marzo 5, 2009) en perseguir la droga, que al año detiene millón y medio de personas por delitos relacionados con tenencia de drogas, y que condena a la cárcel a 500 mil.

La prohibición es  el mejor caldo de cultivo para el negocio del narcotráfico y la subcultura traqueta, aquí y en los Estados Unidos. La Universidad del Cauca acaba de publicar El truquito y la maroma: cocaína, traquetos y pistolocos en Nueva York de Juan Cajas. Con el rigor etnográfico del antropólogo, Cajas nos lleva al terreno del “traqueñol”, jerga global en la subcultura del negocio de las drogas (“champaña de rama” es, por ejemplo, marihuana), al ámbito neoyorquino de la distribución de la cocaína, con protagonistas colombianos que bien pueden ser antiguos militares, ex guerrilleros, o desempleados sin futuro en Colombia, inmersos en la cultura del riesgo y la muerte, que migraron en busca del sueño americano y lo encontraron en el caldo de la prohibición a las drogas.

Según Cajas, la política de cero tolerancia frente a las drogas del alcalde Giulanni y su comisionado de policía Bratton, no tuvo impacto sobre la circulación real de la droga. “Las sustancias para alterar el ánimo forman parte de la canasta básica de los hogares neoyorquinos…”. Hay droga para el que quiera, a cualquier hora. “Crack para los grones, heroína para los yonquis, cocaína para los yuppies, éxtasis para los diskjockeys y los amantes del acid house…”.

Sea la droga reina, o las llamadas drogas de diseño, la ruta segura para afianzar el narcotráfico y el consumo es su prohibición.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rafael Orduz

Sin memoria no hay paz

Trabajo en el 2030: incierto, ¿y?

Gracias a Gonzalo Sánchez y al CNMH

Ana María Archila y el juez Kavanaugh

La afición a prohibir, en alza