Por: Alberto López de Mesa

Prohibicionismo

Los abogados Alejandro Motta y Daniel Porras, motivados por su conciencia cívica, demandaron los artículos 33 y 140 del Código Nacional de Policía, que prohíben consumir bebidas alcohólicas y sustancias psicoactivas en el espacio público, argumentando la violación de tres derechos civiles: Libertad de expresión, Libre desarrollo de la personalidad y el derecho colectivo al uso común del espacio público. La Corte Constitucional falló a favor de la demanda, consideró inexequibles los artículos en cuestión y tumbó la prohibición.

Godofredo Cínico Caspa (personaje de J. Garzón) estaría ladrando furioso, igual ladraron sus émulos del partido gobernante, el mismísimo senador líder del CD marchó en una lánguida movilización en contra del fallo de la Corte, el pelele presidente Duque se apuró a exigirle a la Corte los alcances del fallo, pues sintió, una vez más, que le tumbaron otro de sus maltrechos decretos.

En cambio, grupos defensores de derechos humanos, organizaciones canábicas, opositores a la ley de drogas, gente progresista y liberales de verdad, celebramos, por pertinente y oportuna, la decisión de la Corte; ya que desde la expedición del decreto presidencial 1844 de 2018 que prohíbe la dosis mínima y penaliza la dosis de aprovisionamiento, se denunciaron abusos de autoridad por parte de la policía, la imposición de comparendos en casos que ameritaban debido proceso, se supo de bares que dispusieron espacios reservados en los que sus clientes consumían spa, lo cual, además de aumentar los costos al consumidor, iba a desembocar en la generación de otro tipo de ollas del narcomenudeo, sumado a eso, se abonó un resentimiento discriminatorio contra los usuarios de psicoactivos que lesionó el respeto a la diferencia y la sana convivencia.

Lo deseable es que el criterio de la Corte ayude a reconstruir y a reglamentar en justicia, los modos de expresión de los consumidores de drogas en el marco del recíproco respeto a las diferencias. En verdad, las inercias sociales han generado necesarias tolerancias entre abstemios y consumidores. Un viernes en Bogotá, se ven compartiendo, pacíficamente, el espacio y el esparcimiento en El Chorro de Quevedo, el Parque de los periodistas, el Parque de la Independencia, el Parque Nacional y el de la 60 que tiene historia y tradición al respecto. Los consumidores se dan mañas para evadir el prohibicionismo punitivo y la policía al acecho de una captura que pueda pagar el indulto, como en el juego: “a que te cojo ratón, a que no gato glotón”.

Maquiavelo aconseja al mandatario: “si permites eres débil, debes prohibir para inculcar la obediencia”. Aquellos gobernantes para quienes las libertades se oponen a su hegemonía, reaccionan paranoicos ante las expresiones autónomas y las búsquedas de los individuos por fuera de los hábitos comunes, prohíben el matrimonio gay, la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, prohíben a los maestros que hablen de política en sus clases... En el caso de las leyes anti drogas ilícitas, la prohibición obedece a una orden del imperio gringo y por más fallidas que sean las prácticas contra el cultivo, la producción, la comercialización y el consumo, se porfía en su aplicación porque en la práctica, la indolente guerra contra las drogas, a la vez que deja destrozos ambientales, guerrera y muerte, también deja ganancias por punta y punta: la aspersión aérea con glifosato es un negociado, es cuantiosa la inversión en ejércitos antinarcóticos, las ganancias y las divisas que, de todas maneras, dejan en los países los narcotraficantes.

Muchos son los productos no prohibidos y dañinos para la salud humana: las fritangas que aumentan el colesterol, la comida chatarra y de paquetes causal de la obesidad, los productos azucarados para la diabetes y para otras enfermedades cardíacas, el tabaquismo causa cáncer de garganta enfisema pulmonar, infartos. El cigarrillo es buen ejemplo de cómo un producto tan dañino se ha logrado reglamentar y controlar su uso gracias a la legalización de su consumo. Hoy en día, ha disminuido notoriamente su consumo porque hay normas y leyes que regulan su consumo: en las cajetillas y la publicidad se exige que aparezcan la frases “ El tabaco es nocivo para la salud, prohibida la venta a menores de edad”. Cuando empezó la moda fuerte del cigarrillo, la Philips Morris le pagaba a estrellas del cine para que salieran fumando en las películas, la gente fumaba descaradamente en el transporte público, en un avión, en el cine, en dónde le dieran ganas, hoy en día ha funcionado las campañas de prevención, los fumadores respetan el espacio de los no fumadores, los ministerios de salud ofician campañas contra el tabaquismo. Nada de esto se habría podido lograr si el cigarrillo fuera una droga ilegal. No hay ninguna persona condenada o presa por vender o fumar cigarrillos, al contrario, pese a la notoria disminución de fumadores, hay regiones en el país que viven del cultivo del tabaco.

La legalización, primero de la marihuana y luego de la cocaína, son pasos civilizados que los políticos sensatos y valientes deben promover, hasta que algún día, ojalá cercano, nuestro país tome la decisión histórica de desobedecer la medidas del imperio y regule la producción y el consumo a la medida de nuestra propias realidades.

 

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