Por: Columnista invitado

Prohibida la caridad

Por: Alberto López de Mesa

En los barrios aledaños a la estación de La Sabana han existido ciudadanos marginales desde los tiempos del auge del ferrocarril y de las terminales de buses intermunicipales. Por allí llegaban de todas las regiones del país migrantes atraídos por los espejuelos de la capital y esperanzados en ser acogidos por las ofertas de empleo de la ciudad en desarrollo. Esta expectativa ha sido más ilusión que concreción para el foráneo así que muchos de los que llegaron terminaron en oficios informales y prácticas de poca urbanidad: vendedores ambulantes, lustrabotas, mandaderos, dependientes de bares y cafetines o prostitutas; y los que más, mendigos y vagabundos atenidos a los mendrugos y limosnas que les legaban las dinámicas del sector. Estos serían los que en la modernidad reconocemos con la denominación de “habitantes de calle”.

Hago estas salvedades sociológicas e históricas por si acaso alguno quiere suponer que son generaciones espontáneas la presencia de poblaciones marginales en “Cinco huecos”, “La favorita”, la Plaza España, y el desaparecido “Bronx”. Desde los años 60 el Padre Javier de Nicoló y su equipo reconocían la presencia de habitantes de calle en las localidades de Los Mártires y Santa Fe como una tradición social consecuente con una historia y con las dinámicas sociales que generó este amorfo polo de desarrollo. De hecho, en los inicios de IDIPRON, la entidad que el Padre Salesiano creó, los centros de acogida se instauraron allí: Libería, Bosconia y el Patio de la 12.

Hoy en día, con el desalojo del Bronx los comerciantes de San Andresito y de negocios aledaños a la Plaza España, porfían en que los habitantes de calle deben desterrarse del sector, al colmo que le han exigido a la policía que prohíba a los filántropos y a los grupos de caridad que repartan viandas porque esto contribuye y estimula la presencia de “Ñeros” en las cercanías a sus negocios. En efecto, los policías del cuadrante, respondiendo a un sin número de derechos de petición se han ido en contra de esta práctica recurriendo a un argumento del código de policía que prohíbe las aglomeraciones.

Sobra decir que hay un sin número de aglomeraciones que sí se permiten como por ejemplo: la cotidiana reunión de negociantes de esmeraldas y de billetes extranjeros en la plazoleta del Rosario o las reuniones alrededor de vendedores de específicos; eso para no nombrar otros conglomerados como los que generan el caos en las estaciones de Transmilenio, pero la ley es para los más débiles. Y son los habitantes de calle los que dan el aspecto de inseguridad y los que alertan a los negociantes sobre el aspecto que quieren al frente de sus negocios.

Solo quiero recordar en esta columna que es a partir de sentimientos altruistas de una noción del servicio a los desfavorecidos, ya sea por un impulso religiosos o un

sensibilidad social, que se han desarrollado proyectos importantes a favor de los vulnerables. Antes que la Secretaría de Integración Social existiera, estuvieron las damas de la caridad, los misioneros caritativos, prestos a atender a los mendigos, a los desarrapados, a los loquitos de la calle. Vuelvo a decir que el origen de una entidad como IDIPRON fue la noción de servicio y de misericordia que practicaba Javier de Nicoló. Pero el código de policía está para defender las órdenes de los mercaderes y la propiedad privada; primero el capital que el ser humano.

 

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