Por: Klaus Ziegler

Prohibido prohibir

En estos últimos días, y en mora de que la Corte Constitucional responda a la demanda por la excepción al estatuto de protección animal que da licencia a las corridas de toros, mucho se ha discutido sobre libertades individuales y políticas prohibicionistas.

El polémico fallo del parlamento catalán, que a partir del año 2012 veta en forma definitiva las corridas de toros en toda Cataluña, es visto por algunos intelectuales como una injerencia del Estado en asuntos de ética y buen comportamiento, y como un precedente peligroso al imponer las preferencias de una mayoría que encuentra repugnante el espectáculo taurino.

Hay que reconocer que el problema de determinar lo que debe restringirse sin vulnerar las libertades individuales es harto complejo. En un extremo están aquellos que por norma general se inclinan a rechazar cualquier tipo de prohibición que interfiera con las libertades del individuo; en el opuesto, quienes sienten estas libertades como una amenaza al orden social y a las buenas costumbres de los ciudadanos.

No obstante la complejidad del problema ético, existe un criterio intuitivo que condiciona la mayoría de las prohibiciones: las libertades individuales deben limitarse cuando se causa un perjuicio o se interfiere con los derechos, el bienestar o la integridad física o sicológica de los demás. Por eso cualquiera es libre de emborracharse en su propia casa, pero no tiene libertad para conducir un auto en estado de embriaguez.

En algunos países, ese criterio ético cobija a otros seres vivos y prohíbe la tortura de cualquier animal “superior”. En Inglaterra y Canadá, por ejemplo, la legislación traza una línea divisoria entre vertebrados e invertebrados. En lo que concierne a la ley, puede hacerse lo que se desee a un gusano, a una mosca, o a un langostino, pero no a un pájaro o a un ratón. Y en meses recientes, los cefalópodos –pulpos, calamares y sepias– fueron nombrados vertebrados honorarios debido a sus sofisticados sistemas nerviosos.

Por esta razón, en casi todos los países, incluyendo a Colombia, están prohibidas las peleas de perros. Y si ese mismo principio ético se aplicara de manera consistente, no habría ninguna razón para admitir las corridas de toros (proscritas en el mundo entero con excepción de solo ocho países) o las riñas de gallos, sin importar que sean expresiones culturales y artísticas centenarias. Espectáculos horrendos como el “hostigamiento del oso” o “la quema del gato” hicieron parte del folclor y la cultura europea durante siglos, pero a nadie se le ocurriría argumentar que por este motivo deban ser tolerados.

Existen, sin embargo, prohibiciones que no se ajustan al criterio antes discutido, y que obedecen a supersticiones y normas religiosas. Por ejemplo, en el Levítico 11:10 se advierte que nadie deberá comer carne de ningún animal marino sin aletas ni escamas, por ser inmundo. Y en la Tora se autoriza al marido a que lapide en público a su esposa si comprueba que no llegó virgen al matrimonio, o si le ha sido infiel, castigo que aun existe en algunos países islámicos.
 
Quienes no distinguen entre delitos y pecados exigen que se prohíba y castigue todo lo que resulte ofensivo a su moral religiosa, como fue el caso hace unos años de un ridículo senador colombiano que trato de impulsar un proyecto de ley para sancionar la infidelidad conyugal. Y ha sido ese mismo moralismo escrupuloso el responsable de que todavía se les niegue a las parejas homosexuales los derechos más elementales.

Dónde terminan las libertades individuales, y hasta qué punto debemos ser tolerantes con los demás, es un asunto en extremo difícil. Suponga que un niño se desangra en un hospital, y requiere una transfusión sanguínea de emergencia. Pero sus padres, seguidores de los Testigos de Jehová, se niegan a autorizarla porque creen que la prohibición de “ingerir sangre”, como aparece en el Génesis 9:3-4, también se aplica a las transfusiones. ¿Es acaso ético acatar la decisión de los padres solo por respeto a sus creencias?

¿Debe un gobierno respetar la autonomía de una pequeña comunidad que, por algún precepto religioso, prohíbe que vacunen a sus niños o que se les apliquen antibióticos, a pesar de las terribles consecuencias? Y como parte del derecho a la libertad de expresión, ¿deberá abrirse un espacio para que los creacionistas enseñen en las escuelas su “teoría del diseño inteligente” en lugar de la teoría de la evolución? Y si es así, ¿no deberían también tener espacio en el currículo escolar aquellos grupos de supremacía blanca que niegan el holocausto judío y otras atrocidades cometidas por los nazis?

Es evidente que deben respetarse las creencias de los demás, pero es obvio que existe una difusa línea divisoria más allá de la cual, no solo hay que ser irrespetuoso, sino combativo. Y quienes son en extremo renuentes a las prohibiciones, también tendrían que explicar cuáles razones justifican que resulte prohibido prohibir.

 

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