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Está de moda la libertad. El Tribunal de Cundinamarca ratificó la sentencia que suspendió los efectos de las medidas que hacían más gravosa la situación de los mayores de 70 años frente a la pandemia. Las providencias de primera y segunda instancia contienen criterios muy sólidos en relación con el uso de la edad como mecanismo diferenciador. La jueza impulsó mecanismos de concertación frente a las medidas de la Presidencia de la República. Es una decisión que deja una huella importante. A su vez, el Tribunal extendió el efecto de su decisión a todos aquellos adultos mayores, aunque no hubiesen sido parte en la tutela. Muy importante la concepción del Tribunal en cuanto a la visión paternalista de estas decisiones: “No estamos en presencia de una dádiva del Estado o del Gobierno”. Y exhorta al Ministerio de Salud para que evite repetir esta clase de medidas.

Ya en otro campo, en el de la libertad de los procesados, estamos en medio de una tormenta. Dejo de lado cualquier opinión sobre la médula de las decisiones de los jueces. Lo recomendable es la serenidad, la institucionalidad, dejar que las cortes tomen sus decisiones sin el permanente zarandeo en favor o en contra.

Pero sí llamo la atención sobre un hecho singular:

Ante la privación de la libertad del doctor Aníbal Gaviria, se levantó una nube de manifestaciones que alegaban que debía ser juzgado en libertad. Hubo una conjugación de voces, desde políticos, opinadores y medios, pasando por gremios y aterrizando en algunas expresiones regionalistas paisas de no muy buen sabor. Fue pues una mezcla de respetables llamados a la garantía de la libertad, acompañados de ciertas voces que, como viene siendo habitual, se estrellaron contra los jueces con argumentos dudosos.

Esto se repite ahora con crecimiento geométrico por razón de la detención del doctor Uribe. Repito: no opino sobre los aspectos materiales de ninguno de estos casos. Dejemos que la justicia tome las decisiones finales.

Pero sí llama la atención que buena parte de estas voces neolibertarias, en un pasado no remoto, se caracterizaron por sus graznidos de halcones furibundos pidiendo cárcel a diestra y siniestra. En cuanto a los gremios en masa, nadie les puede pedir que silencien sus opiniones. Al contrario, hasta cierto deber de opinar se les reconoce. Pero esa aglutinación impetuosa no es para nada edificante. En el pasado tuvimos nefastos juicios populares que hasta muertos ocasionaron. Eran juicios populares para condenar. Y así como la memoria de ellos viene teñida de oprobio, tampoco creo que sean buenos los juicios populares para absolver. ¿Que la justicia tiene enormes deficiencias? Sí. Pero hay que discutirlas en calma. Pese a que la idea de una constituyente para la justicia no se debe rechazar de entrada, en este clima de odios y retaliaciones cruzadas es un paso en falso.

Desde el lado izquierdo del cuadrante, tampoco todo es color de rosa. De manera paralela y sincrónica, viejos radicales no descansaron en la tarea de ultrajar a la justicia, calificándola de excrecencia siniestra del régimen. Ahora abundan en loas y reverencias.

¿Hemos progresado? ¿Estamos frente a una nueva cultura libertaria? Hay que esperar. No se sabe aún si estas proclamas de hoy son indicio de una actitud estable frente a la libertad o simples cantos de juglería pasajera con fines oscuramente interesados.

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