Por: Melba Escobar

Promesas incumplidas

Hoy, distintos grupos armados se disputan el territorio bonaverense, Quibdó está sitiado por el Eln y en Tumaco predomina el miedo de comunidades antes bajo dominio de la guerrilla. “¿Por qué un Estado que no ha llegado al territorio jamás habría de llegar justo después de la firma de unos acuerdos?”. La pregunta hoy suena a vaticinio. Un año más tarde, en el territorio no hay la presencia del Estado ni del Ejército necesaria para garantizar seguridad a la ciudadanía. Menos todavía para ofrecer un Estado Social de Derecho, ese que en Colombia nunca ha incluido al Pacífico. En Buenaventura, con una inversión de 450 millones de dólares en infraestructura portuaria solo en 2015, la población está luchando por tener agua potable 24 horas al día, un hospital decente y seguridad. Por eso un líder comentaba con ironía la expresión del presidente al referirse a los acuerdos como “una oportunidad de oro”. “De oro para las multinacionales, que serán las beneficiarias, no nosotros”. Al menos en Buenaventura, esa ha sido la ley. Mientras un puñado de sociedades portuarias y grupos armados se enriquecen, la población permanece en la miseria. El negocio portuario ha crecido 540 % en menos de 15 años. Entretanto, los índices de pobreza rozan el 90 %.

Dos semanas de paro, un número impreciso de heridos y sigue creciendo el terror aunque cambie de nombre. Se llamen los gaitanistas, los hombres de Otoniel, la empresa, el bloque Calima o las Farc, al final da lo mismo, son maneras de hablar de carencias, miseria y ausencia del Estado. El problema han sido y siguen siendo las necesidades básicas insatisfechas, el miedo a la extorsión, la amenaza, el crimen, que hacen que cada quien se levante en las mañanas como quien va a luchar una guerra por la subsistencia. La paz no es un tema cuando se tiene el estómago vacío, cuando faltan el agua y la salud, cuando hay que pagar vacunas aun cuando no se gana siquiera un salario mínimo. O quizá sean estos los asuntos que definen la paz territorial, más allá de los acuerdos firmados, los 15 decretos expedidos o las leyes en curso. La paz consiste en hacer viable para una población olvidada el paso de la supervivencia a una vida digna.

Digamos que para hacer ese tránsito era necesario firmar los acuerdos, está bien. Ya se hizo. Y sin embargo, nada ha cambiado en el presente ni en la proyección a mediano o largo plazo en el territorio pacífico. Los acuerdos debían ser tan solo el inicio de una larga carrera contra la injusticia y el terror.

“¿Qué va a pasar cuando las Farc deje de impartir orden?”, preguntaba un líder del Alto Atrato. “Mal que bien han usurpado el lugar del Estado. Cuando pierdan el poder, ¿van a entrar a matarnos a todos por guerrilleros?”. Las preguntas, como los reclamos de un pueblo desesperado, parecen no tener respuesta. Van 16 días pidiendo una intervención contundente del Gobierno, que no pudo viajar el martes a Buenaventura, como estaba pactado. En pocos días, cuando empiece la contienda electoral, los candidatos volverán a recordar el Pacífico. Entonces las promesas comenzarán a repetirse, tal como lo han visto suceder los porteños cada cuatro años desde que tienen memoria.

@melbaes

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