Por: Cartas de los lectores

A propósito de la remodelación del Teatro Colón

El caso del retiro de la lámpara y el cambio de silletería, de que tratan en la crónica "Escenario de una polémica" (23-06-2011), es emblemático de lo que ocurre actualmente con los muebles y las viviendas construidas en el pasado.

Ya no encuentran cabida ni acomodo en un mundo cuyos habitantes se multiplican desmesuradamente año por año, y les van restando espacio a las cosas, aun a las más artísticas y bellas, para que las gentes copen los respectivos espacios.

Quienes aún perduramos, de los nacidos en los primeros 30 años del siglo XX , recordamos la profusión de “quintas” a lo largo de la carrera 13 entre la Avenida Chile y San Diego, edificadas en grandes áreas ocupadas con jardines y profusión de verdes espacios llenos de flores y solares, cuya amplitud daba hasta para la crianza doméstica de gallinas.

En la calle 45 estaba afincada una manzana completa dedicada a la floricultura, manejada por un jardinero alemán (Otto Fenwarth), pionero, famoso y aventajado maestro de este bello negocio. Igualmente de la Avenida Chile por la carrera 7ª, hacia el monte, existían enormes casonas, algunas con la pretensión arquitectónica de los castillos ingleses. Todavía subsisten algunos cascarones de las que fueron grandes residencias, aunque cayéndose a pedazos, en la carretera Central del Norte, entre Usaquén y La Caro.

Aun las máquinas han tenido que ceder espacio, como se refleja en los antiguos equipos de cómputo de la IBM, que ocupaban varios cuartos para hacer menos de lo que hoy con una superficie equivalente a la que se destinaba para una máquina de escribir, el P.C. calcula, memoriza, funge de biblioteca y hasta de imprenta y comunica con el mundo entero.

El historiador Alberto Escobar, en el mismo escrito, refleja esta realidad, al referirse al Teatro Colón, cuando dice que “Cantini hizo una obra completa como básicamente lo hacían los arquitectos del siglo XIX”. Los arquitectos modernos, en algunos casos, han tenido que planificar las construcciones con sentido práctico, sacrificando arte y belleza, tal como se puede observar comparando las antiguas estaciones del Ferrocarril —Bogotá, La Caro, Zipaquirá, etc.—, con las estaciones de Transmilenio, unos pasadizos escuetos, planificados para albergar de paso a miles de afanosos pasajeros de pie, carentes de la comodidad, el gusto y la estética que engalanaban en el pasado este tipo de construcciones.

 Jorge Arbeláez Manrique. Bogotá.

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