Por: Óscar Alarcón
Macrolingotes

A propósito de sobornos

Nadie sabe con exactitud cuándo comenzaron los sobornos en nuestro país. Es posible que desde los propios inicios de la república. Hay una historia que, por lo menos, deja la duda. Cuando Panamá hacía parte de Colombia se pensaba en la construcción del canal y con ese propósito llegó a Bogotá Lucien Napoleón Bonaparte Wyse, hijo ilegítimo de la sobrina de Napoleón I, la princesa Leticia, y del barón Jacques de Reinach. Gracias a su ancestro, así fuera ilegítimo, logró en un tiempo récord participar en una licitación (en donde Francia fue el único proponente), ganársela, hacer los trámites burocráticos (que ya entonces existían) y regresar a su país con el contrato de concesión en apenas dos meses y una semana. Y además atendió un sinnúmero de compromisos que le ofreció la sociedad de la época gracias a su ancestro, a pesar de que su sangre azul era bastante desteñida.

En 1878 gobernaba el país Aquileo Parra y su secretario del Interior y Relaciones Exteriores era el general Eustorgio Salgar. El 13 de marzo Bonaparte presentó sus poderes, el contrato de concesión se firmó siete días después (20 de marzo) con base en la Ley 33 de 1876 que le dio facultades al Gobierno para esos efectos y luego —vía fast track—se aprobó la Ley 28 de 1878 que dio el visto bueno al convenio, la cual sancionó el 18 de mayo el nuevo Gobierno del general Julián Trujillo, que se había iniciado el primero de abril.

Extraño que un gobierno que se iba hubiera iniciado la negociación y uno que comenzaba la hubiera concluido en tiempo tan rápido para una obra que entonces era mucho más importante que la Ruta del Sol de hoy. En solo dos meses y una semana pudo hacerse tamaña negociación, que por cierto fracasó. ¿Fue ejemplo de rapidez oficial o eficacia legislativa, o se iniciaron allí las malas costumbres, porque a quien reparte y reparte le toca la Bonaparte?

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