Por: Francisco Gutiérrez Sanín

A propósito de una trampa cartesiana

NO SÉ CUÁNTOS LECTORES SE HAbrán fijado en la letra menuda de la encuesta sobre candidatos a la Alcaldía de Bogotá que publicó este diario el pasado domingo. Allí había muchas cosas interesantes. William Vinasco, por ejemplo, aparecía por mucho como el mejor calificado en el rubro de "preparación académica".

Ahora bien, si a mí me pusieran a asociar a Vinasco con alguna cualidad, mi primera reacción sería escoger entre “estridente”, “saltón” y “cómico”. No se me hubiera ocurrido que la respuesta correcta fuera “preparado”. Si hasta tiene dificultades para memorizar los nombres de los jugadores de los partidos de fútbol que narra. Pero ahí tienen. Posibles explicaciones hay muchas. Pero una sola moraleja simple e importante: en política no se puede suponer que lo que a uno le parece “claro y distinto”, también lo sea para los demás. De hecho, operar sin o con este supuesto es una de las grandes líneas divisorias entre un análisis con un mínimo de seriedad y el resto.

La incapacidad de evadir esa trampa vuelve a la gente confiada, o autocompasiva (¿por qué son tan imbéciles que no ven lo obvio?), o ambos. Esto lo digo a propósito de la cantidad de columnas y comentarios que circularon la semana pasada sobre el intenso activismo que desplegó Uribe. Éste les parece a muchos simplemente un loquito irrelevante que perdió los papeles. Sin desconocer que hay algo de cierto en ello, el cuadro no se ve completo sin tener en cuenta el lugar de Uribe en el actual balance de poder que hay en el país (de la misma manera que no es necesario creer que Vinasco sea una lumbrera para entender que si cientos de miles de bogotanos creen que lo es, ese es un factor que se debe tener en cuenta). Uribe tiene una enorme base social, que aunque se ha resquebrajado algo, sigue siendo imponente. De hecho, podría ganar la Alcaldía de la capital sin apenas sudar la camiseta. Creo que tiene planes que implican rediseños de gran alcance (el tercer mandato) y que siente que enfrenta amenazas reales (por los enormes eventos de corrupción y violencia ocurridos en sus gobiernos, que significan cárcel para sus amigos y deberían tener implicaciones para él). Y tiene ideas y programas, de índole profundamente autoritaria, regresiva y agresiva, que son música para los oídos de un bloque económico y político lleno de razones, motivos y tradiciones para querer impedir cualquier avance, por pequeño que sea. Si mal no recuerdo fue Luis López de Mesa quien alguna vez dijo que el verdadero problema para la estabilidad del país era la dificultad de los victimarios para perdonar a sus víctimas, no al revés, y esa terrible sentencia sigue tan viva hoy como ayer.

Claro: como observó María Elvira Samper, la verdadera fuerza de Uribe se medirá en las elecciones de octubre. Lo que nos devuelve a Bogotá, y a Peñalosa convertido en alfil del uribismo. ¿Qué tan buenas son sus cuentas? Le ayudan el peso de Uribe en las encuestas y la catástrofe del Polo. Pero tendrá que sacrificar muchos votos anticorrupción y los bogotanos no son tan endosables. Peñalosa debería saberlo, pues no recibió los de Uribe en las anteriores elecciones, ni pudo dárselos a Lozano en las penúltimas. De hecho, el apoyo de la U a Peñalosa implicó una suerte de miniconvención de perdedores (¡Lozano a Peñalosa!). ¿Cuánto quita y cuánto da, pues, el apoyo del expresidente y la U? No sé. Pero si sé que cargando a cuestas a Uribe, a Lozano, y sobre todo a sí mismo, Peñalosa, que de manera muy justa ya quedó en la encuesta mencionada de colero en la pregunta “me genera confianza”, puede encontrar la manera de embolatarse. No es tarea superior a sus capacidades. No puedo asegurar que eso implique que, digamos, Gina gane, pero si lo hace me voy a divertir mucho.

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