Propuesta para una nueva era

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El dilema y las proyecciones apocalípticas sobre el COVID-19 se resuelven lentamente por la vía de los hechos. Las causas de la enfermedad así como las acciones para curarla se esclarecen. Los hechos tienden a confirmar la curva observada por los virus dominantes del siglo XX. En general, estamos ante un flagelo que puede ser sintetizado en una expresión matemática que se observa en diversos fenómenos físicos, químicos y económicos, y se representa en la curva epidemiológica en que el virus aparece y luego el número de contagiados (grado) aumenta y el ritmo de crecimiento (tasa de contaminación) desciende. Los países que han evolucionado dentro de esta pauta han alcanzado el pico de curva y se han estabilizado. En este grupo están naciones como Italia y España, que alcanzaron las mayores cifras de contagio.

La falla ha estado en las medidas adoptadas para aplanar la curva a fin de evitar el colapso del sistema hospitalario y reducir las muertes. La audacia no dio los resultados previstos.

Lo cierto es que el dilema entre la economía y la salud, al igual que el pánico, precipitaron a la mayoría de los países a adoptar la cuarentena con secuelas devastadoras. En quince días se vio que los efectos sobre el crecimiento, el empleo y la distribución del ingreso superaban con creces los de las recesiones convencionales por contracción de la demanda y bien podían exceder los de la recesión de los años 30. Los gobiernos no tuvieron más camino que desmontarla en forma afanosa. Lo que se ganó en un principio con la adopción de la medida se compensará cuando se desmonte. En Colombia, simplemente, no era sostenible dentro del marco del fundamentalismo de mercado predominante en los últimos treinta años.

Las economías quedaron expuestas a operar en un estado de exceso de la demanda sobre la oferta que no puede contrarrestarse con las políticas fiscales y monetarias tradicionales. Las soluciones se han buscado mediante subsidios y ampliación del crédito a los trabajadores y las empresas que resultan inefectivos, porque no aumentan la demanda. La única forma de contrarrestar la insuficiencia de demanda es con grandes déficits fiscales y en cuenta corriente financiados con emisión, que se ven limitados por las reglamentaciones de los bancos centrales, que fueron concebidas para reducir la inflación y erradicar la emisión monetaria, y también por el riesgo a la hiperinflación.

La alternativa que se abre camino dentro de los consensos internacionales es elevar el endeudamiento de los países con crédito externo a tasas de interés inferiores al crecimiento del producto nacional más la inflación. De esta manera, quedarían en condiciones de refinanciar indefinidamente la deuda, que a su turno tendería a desaparecer con el tiempo. El expediente no es nuevo. En la década del 70 América Latina se vio abocada a una afluencia de capitales que se salió de las manos. La historia es bien conocida. Las tasas de interés superaron el crecimiento de los países y, en consecuencia, condujeron a elevaciones crecientes de la deuda con respecto al producto nacional y terminó en la llamada década perdida de América Latina. La contratación de la deuda a tasas de interés por encima del crecimiento es tan destructiva como el coronavirus.

Las soluciones para Colombia no pueden provenir de los países desarrollados que operan en condiciones muy distintas. En particular, las políticas sociales, como el estado de bienestar de Europa, no son aplicables en países con grandes diferencias de ingresos de la población y bajas cifras de ahorro. En este sentido, la solución de fondo para América Latina es distanciarse del fundamentalismo de mercado para construir una estructura equitativa de elevado crecimiento, como se propone en mi nuevo libro Teorías de crecimiento y distribución para una nueva era.

 

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