Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Propuestas

Hace varios días, James Robinson escribió en este diario un segundo artículo en donde intenta aclarar su posición sobre políticas para el campo.

El segundo envión me parece todavía menos convincente que el primero. El portal La Silla Vacía tuvo la amabilidad de dar acogida a mi respuesta punto por punto a la visión presentada por Robinson (http://goo.gl/ipyzRf). Aquí vuelvo sobre uno de ellos, que me parece más bien sorprendente: el desafío que lanza Robinson al resto del mundo a mostrar sus cartas y hacer sus propuestas.

Para quien no recuerde los detalles del debate, la cosa está planteada en los siguientes términos. En su primer texto, Robinson planteó que muchas sociedades habían sido exitosas “ignorando” y “dejando marchitar” el problema agrario. Había que centrarse en cambio en la educación. Como enseñó Vicente Castaño, hay que dejar que las élites pacifiquen el campo. En el segundo responde a algunas de las críticas que le hicimos varias personas, añadiendo nuevos puntos polémicos (ver las versiones en boca de sus proponentes en http://goo.gl/r4oqft). Y termina lanzando el desafío antedicho.

Pero eso es un poco un acto de prestidigitación. Porque lo de Robinson es una “no propuesta”, un poco como el “no cumpleaños” que celebran en Alicia en el País de las Maravillas. Promuevan la educación, dice. Pero ¿quién está en contra de eso? Las políticas públicas también tienen que ser específicas. El conflicto creó una catástrofe social en el campo colombiano. Las cifras no podrían ser más apabullantes. ¿Qué va a hacer el país frente a ese hecho cumplido?

Cierto, se podrían dar respuestas muy diversas frente a esto. La de Robinson es: nada. No pierdan su tiempo ni su plata. El país ha intentado hacer la tarea muchas veces, con resultados siempre negativos. Dedíquense más bien a la educación (omite que obviamente la educación y las políticas agrarias están lejos de ser sustitutos, y por consiguiente no se trata de escoger entre la una y las otras; pero ese es otro tema). Sobre el punto de partida es fácil llegar a un acuerdo: nuestras políticas en el campo históricamente han tenido problemas terribles. Si no, no estaríamos en las que estamos. Pero no veo por qué, de esa evidencia, se deba llegar a la conclusión de que es mejor “ignorar” el problema. Esa no propuesta es la peor recomendación de política frente a problemas sociales persistentes que se me pueda ocurrir. De seguir la receta, nos hubiera llevado a la parálisis en otros tantos temas vitales. Haga el lector la analogía con nuestro conflicto armado (es sólo un ejemplo entre muchos posibles). Hemos durado décadas metidos en él. Se hicieron decenas de intentos de resolverlo, y siempre nos estrellamos contra una pared. Tratamos por las buenas y por las malas, sin éxito. Afortunadamente hubo quien siguiera intentando, tratando de mejorar los diseños, y de crear ocasiones más oportunas.

La recomendación de olvidarse de los problemas difíciles simplemente no es una buena regla para pensar en diseñar políticas públicas. Pero a la vez es lo menos específico que hay: una no propuesta. Como no han tenido éxito enfrentándolo, “ignórenlo”, “déjenlo marchitar”. Castíguenlo con el látigo de la indiferencia. Y en algún momento desaparecerá y dejará de ser importante. Lo único directamente relacionado con las políticas agrarias propuesto por Robinson fue seguir la recomendación de Vicente Castaño de usar a las élites para pacificar el campo. Esto no es bueno, ni creíble. Pero tampoco veo por qué diablos esas élites vayan a pacificar el campo en Colombia. Porque, contrariamente a lo que parece asumir Robinson, en Colombia hay muchas élites, muy divididas entre sí, y las guerras territoriales que ha habido entre esos sectores fueron probablemente tan violentas como las que los enfrentaron con las guerrillas.

Relee uno la cosa y nada cuadra.

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