Por: Columnista invitado

Prot(agonistas) arbitr(ari)os

Si les hacemos caso a los historiadores del fútbol, la presencia de un árbitro en la cancha existe desde que hay juego normatizado porque implica ganar, perder y juzgar.

Aunque hay cuentos que aluden al hombre de negro (luto paradójico porque amonesta con tarjetas coloridas) también hay ensayos dedicados a la imagen antropológica y sociológica de quienes se dedican a este acontecimiento arbitrario. (Vicente Verdú en El fútbol: mitos, ritos y símbolos, por ejemplo).

El primer penalti se pitó un 15 de septiembre de 1891 en Inglaterra. Era la primera vez que un jugador evitaba con sus manos un tiro de gol. El árbitro no sabía qué hacer porque era una jugada inédita.

Tomó la decisión de cobrar un tiro libre dentro del área y sin barrera: se inventó el penalti. Camilo José Cela escribió Holocausto, un cuento que narra la vida de esa figura irredenta e indefensa que tiene que tomar decisiones en un juego construido con mentiras, trampas y artilugios, aunque con matices de verdad, ética y estética. El prot(agonista) del cuento es un árbitro (Minervino, alias Gazapo) a quien ahorcan después de un partido por una decisión, equivocada para unos pero acertada para otros.

Esa es la gran tragedia del señor juez: vive agazapado, no juega, corre todo el tiempo y debe juzgar en la inmediatez, el pito es su “cosa”, como en el mito de Sísifo. También escribieron cuentos sobre el árbitro Osvaldo Soriano y Dag Solstad. Eduardo Galeano sostiene que el árbitro es arbitrario por definición y cuenta la anécdota de uno al que le hacen un minuto de silencio por la muerte de la mamá. Después del partido, por una jugada polémica (¿cuál jugada no es polémica para discutir con un árbitro?) le gritaban: ¡Huérfano de puta! El árbitro es un “padre castrador” como lo denomina Beatriz Vélez en su libro Fútbol desde la tribuna.

Extraña figura, paradojal, incómoda. Es un protagonista arbitrario porque todos los gestos se dirigen a su muerte y en cada partido asiste a su propio funeral (por eso mira el reloj cada treinta segundos).

En cada decisión la tribuna se lo quiere devorar y a nadie le importa qué siente, cómo vive un partido, con qué sueña. Además, no tiene voz porque no puede hablar con los medios, su soledad es una soledad que no admite solidaridad. Antes de entrar al gramado se persigna pero sabe que entra perdiendo y sale perdiendo, no tiene ojos (cámaras) para repetir las jugadas complejas y tiene que decidir, es mudo, silencioso, asustado, aunque se muere de ganas de jugar, participar, cobrar el penalti, hacer gol, pero está impedido por el color de su camiseta. Aunque pongan cámaras, las decisiones serán siempre humanas (equívocas). Los árbitros van al estadio los domingos porque también quieren huir de su casa.

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