Por: César Ferrari

Protección arancelaria nuevamente

Como parte de la ley del Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022, hace pocos días, el Congreso colombiano aprobó un incremento en el arancel que se aplica a las importaciones colombianas de textiles y confecciones de 15 a 37,9%.

Los textileros y confeccionistas celebraron la decisión argumentando que, ahora sí, podrán competir ventajosamente con los textiles y las confecciones chinas que entran al país en forma abundante, desplazando en consecuencia la producción nacional y poniendo en peligro numerosos puestos de trabajo.

Adicionalmente, los defensores de la medida señalaron que con una mayor tasa arancelaria se dará una mayor recaudación fiscal, mejorando así las maltrechas finanzas públicas. Por otro lado, al reducir las importaciones de textiles y confecciones, la medida mejorará la balanza comercial colombiana que es, desde hace tiempo, desfavorable.   

De otro lado, los demás gremios, particularmente los comerciantes, protestaron en contra argumentando que, como consecuencia de dicha medida, se elevarán los precios de la vestimenta en perjuicio de los consumidores (y de sus ventas). A su vez, los exportadores argumentaron que dicha medida ponía en riesgo otras exportaciones porque podría generar una retaliación similar por parte de los demás países. Otros argumentaron en contra porque, según ellos, al incursionar el Congreso en modificaciones arancelarias viola otras leyes que reservan las medidas de política comercial al Ejecutivo.

Varias cuestiones deberían aclarar el debate. En primer lugar, este es, nuevamente, un caso de análisis parcial de una cuestión económica que, de tal modo, no llega a medir las consecuencias de la medida sobre el resto de la economía y menos sobre el conjunto.

En efecto, ¿podrá la medida incrementar la recaudación fiscal? No es nada claro que así ocurra. Como la tasa arancelaria de las confecciones y los textiles será mayor, sin duda las importaciones respectivas serán menores. En consecuencia, si el efecto de la medida sobre el incremento de los precios de las confecciones y los textiles es mayor que el efecto sobre las respectivas cantidades que se importan entonces podría esperarse que haya una mejora recaudatoria. Pero lo más probable es que ocurra lo contrario porque, usualmente, cuando el precio de la vestimenta sube, la gente deja de comprarla en mayor proporción. No es nada raro, ocurre con todos los bienes que son prescindibles (que pueden esperar); en economía se les llama bienes elásticos a precios y son la generalidad.  

¿Podrá la medida mejorar la balanza comercial? Ciertamente reducirá las importaciones de, por ejemplo, camisas, y también las importaciones de telas para hacer esas camisas y con ello el respectivo valor de esas importaciones en dólares. Pero, al no cambiar el precio de, por ejemplo, los tintes, las cremalleras y los botones que se usan en la fabricación de camisas, aumentarán estas importaciones, así como las importaciones de, por ejemplo, poliéster y rayón con que se fabrican las telas. Ciertamente, el valor de las importaciones de camisas y telas es aparentemente mayor que el de sus componentes respectivos. De tal modo, en el neto, lo más probable es que esa mejora sea menor a la considerada inicialmente aunque positiva. No obstante, podría ocurrir lo contrario debido a otras razones que es preciso considerar.

Los precios de las vestimentas y las telas seguramente aumentarán. Pero también aumentarán sus costos, no solo por cuenta del aumento de los precios de las telas sino, también, porque el salario aumentará. La razón es transparente: al elevarse los precios de la vestimenta, los trabajadores tratarán de proteger sus ingresos en términos reales y la ley colombiana los ampara al normar que los ajustes salariales deben superar a la inflación.

De tal modo, es de esperar un incremento de costos en toda la economía. El caso es que, si los márgenes de los productores de petroquímicos son muy pequeños, varios de esos productores no podrán competir con los importados. Pero no solo ellos: lo mismo ocurrirá con todos los otros productores en los otros sectores de la economía que verán aumentar sus costos laborales sin que los precios a los cuales pueden vender se incrementen en la misma proporción.

Mejor dicho, si bien se reducirían las importaciones de camisas y telas, aumentarían, por ejemplo, las de botones y poliéster más que proporcionalmente y también las de otros bienes en otros mercados, por ejemplo, los zapatos o los automóviles, porque al aumentar sus costos laborales podrían perder competitividad en forma tal que los productores locales acaben saliendo del mercado, dando más espacio para mayores importaciones de esos otros bienes.

De tal modo, el aumento de los empleos en las confecciones y en los textiles podría acabar siendo menor que los que se pierdan en los otros sectores de la economía, la ganancia en la balanza comercial podría acabar convirtiéndose en un mayor déficit, y la supuesta mayor recaudación fiscal podría acabar convirtiéndose también en una menor recaudación porque si las empresas en los otros sectores acaban produciendo menos también harán menos utilidades y, por lo tanto, pagarán también menos impuesto a la renta. Y, además, los consumidores al pagar más por las confecciones tratarán de recuperar su ingreso real, lo que de todos modos ocurrirá con rezago y, por lo tanto, significará una pérdida de ingreso mientras ella ocurra.

Mejor dicho, una protección parcial en la economía no conduce, necesariamente, a una mejor situación global; puede producir todo lo contrario. ¿Quiere decir, entonces, que no es posible mejorarla? Claro que es posible. Para ello, por ejemplo, desde la regulación debería promoverse más competencia en los mercados de crédito y en otros mercados de servicios que funcionan en competencia imperfecta, como el Banco de la República demuestra para los primeros. De tal manera, las tasas de interés comerciales y los precios de los otros servicios se acercarán a los internacionales, y no solamente para aquellos que tienen acceso a los mercados preferenciales. Así, de manera genuina, es decir generando mayor eficiencia en esos mercados, aumentará la competitividad de las empresas nacionales y, por consiguiente, sus ventas, su producción y la generación de puestos de trabajo.         

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de César Ferrari

¿Qué está pasando en Perú?*

Complejidad y educación

Complejidad y economía