Por: María Teresa Ronderos

Proteger al perro que guarda la casa

A finales de la década de los 90, cuando el paramilitarismo empezó su segunda expansión en el país, al primero que atacaban para dominar una región era al periodista independiente. En Valledupar, para citar un solo ejemplo de muchos, mataron a Guzmán Quintero, editor de El Pilón, allanándole la vía a Jorge 40 y su tropa de matones.

Si se silencia a un periodista prominente, los demás callan, y detrás de ellos la comunidad se doblega. Dicho de otra manera, si el perro guardián ya no ladra, los asesinos se toman la casa, y cuando sus habitantes se dan cuenta de que están bajo su yugo, ya es demasiado tarde para detenerlos. Así nos pasó en Colombia.

Por eso, un ataque a un periodista es una alarma de que las cosas van mal. Así, por ejemplo, dos periodistas de Caracol TV se exiliaron el pasado septiembre y a su colega lo amenazaron el mes pasado, por andar denunciando la llegada de narcotraficantes mexicanos al Cauca y sus oscuras ligas con bandas locales. El intento de silenciarlos, como la otra veintena de violaciones a la libertad de prensa que han ocurrido este año en ese departamento, vino antes de la masacre en Toribío. En Cauca es claro que un nuevo grupo criminal está desembarcando y silencia y mata para imponer su tiranía. En este 2019 han sido asesinados 53 miembros de las comunidades nasa, 22 de ellos líderes o de la guardia indígena, resistentes desarmados a la expansión del narcotráfico. El Gobierno, por incapacidad o conveniencia, ha hecho poco al respecto.

En este contexto, el incidente de esta semana del periodista de El Heraldo de Barranquilla, Jesús Blanquicet, aparentemente menor, sienta un pésimo precedente. El periodista le preguntó al presidente Duque, mientras este se tomaba selfis con los paseantes por el malecón junto al río Magdalena, qué tenía que decir sobre el bombardeo de jóvenes recién reclutados por un grupo criminal en Caquetá. Todos vimos la respuesta (“¿de qué me hablas, viejo?”), pero quizá no tantos supieron del golpe en los riñones que los guardias de seguridad le dieron al reportero. Hasta el cierre de esta columna, y a pesar de la insistencia de la Flip de que se disculpara, Duque todavía no se pronuncia.

Aun en los años lúgubres para la prensa colombiana, los presidentes, al menos en público, se han declarado en favor de la protección de los periodistas. Hasta Pastrana, cuyo cuatrienio marcó récords de ataques a la prensa, montó el mecanismo estatal para cobijarlos. Incluso Uribe, quien denostó con frecuencia a los periodistas que no quería, declaró que no aprobaba que funcionarios estatales atacaran a la prensa, luego de que se hubiera sabido que su DAS estaba amenazando y desprestigiando la reputación de periodistas valientes como Claudia Julieta Duque.

No así este presidente, ni su gobierno. En el año largo que llevan, no cesan las agresiones a periodistas, y el mecanismo que se supone los tiene que proteger, anda lento y llega tarde. Los periodistas de Caracol TV se tuvieron que exiliar porque aquí no tuvieron protección. Y encima, cuando su propia guardia golpea a un periodista por preguntar la noticia del día, tarda en pedir perdón por el exabrupto y no sanciona a nadie. Este desdén por la libertad de prensa desde el más alto poder da carta blanca a todos los demás que quieran silenciar al incómodo reportero.

Eso es grave, sabiendo lo que ya sabemos: que silenciar al perro que ladra le allana el camino a los asesinos para tomarse la casa, y que cuando los demás nos demos cuenta, ya será tarde para detenerlos.

@mtronderos

890547

2019-11-12T01:00:16-05:00

column

2019-11-12T03:00:01-05:00

[email protected]

none

Proteger al perro que guarda la casa

36

6059

6095

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Teresa Ronderos

También el Estado debe tomarse la temperatura

Solidaridad, el mejor antídoto

El huevo de la serpiente de la corrupción

Lo que nos pasa cuando gana Donald Trump