Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Proteger las historias

EN COLOMBIA LAS AMENAZAS CONtra los periodistas son parte del paisaje.

No nos perturban cuando ellos viven en la ciudad porque la consideramos un entorno seguro; así esté sometida al caos, vemos como blindaje la cercanía a los centros del poder local.

En el campo las intimidaciones son casi invisibles. Algunos periodistas empiezan a existir con la publicación de su obituario.

Hemos reaccionado rodeando a los colegas con manifestaciones simbólicas, mensajes solidarios o denunciando su caso en los medios: una coraza que dura un par de semanas y después es olvidada, incluso por el mismo periodista amenazado. La cotidianidad no da espera.

¿Por qué funciona intimidar a los periodistas en países como Colombia? ¿Es equilibrado atribuirle toda la responsabilidad a la falta de autoridad del Estado, a la impunidad? ¿Podemos aceptar como profesionales nuestra cuota de culpabilidad en esta situación?

Pese a las protestas que claman por la libertad de prensa, es preciso admitir la falta de cohesión del gremio; al estar alejados, menos “vinculados”, los periodistas de las zonas rurales y medios alternativos son los más vulnerables. Además, los medios hemos sido negligentes al momento de exigir resultados, en el seguimiento riguroso de las “investigaciones exhaustivas” anunciadas por las autoridades.

Parece que desconociéramos el artículo 20 de la Constitución.

Por otra parte, es innegable la necesidad de seguir los protocolos de autocuidado y de reiterar el compromiso de denunciar ante la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) todo tipo de intimidación. En la denuncia es primordial el concurso de los medios de comunicación y no sólo la acción del periodista aislado. Es inaceptable que un medio calle cuando uno de sus reporteros corre peligro.

Pero tal vez el hecho que más nos debería afectar como profesionales es la desprotección de las historias. Recientemente fue asesinado Luis Cervantes, quien se cansó de denunciar amenazas. ¿Recordamos por cuál historia lo mataron?

Los periodistas somos contadores de historias. Nuestra vida profesional cobra importancia a través de nuestros relatos. Cuando asesinan a un periodista no tiene por qué morir la investigación con él; las historias no son nuestras ni intransferibles: la realidad está ahí. Y no se trata de una realidad caprichosa, sino de un contexto elegido con base en unos principios de jerarquización y sensibilidad frente al dolor humano. ¡Con criterio periodístico!

Si las investigaciones continúan a pesar de la ausencia de un reportero, la fuerza de la intimidación disminuirá (o se limitará su rango de acción): es fácil amenazar a una sola persona, pero hacerlo con siete o diez no. ¿Podemos amedrentar al intimidador?

Esto sería, también, una forma de valerse de la adversidad en beneficio de la comunidad: que esa historia incómoda se convierta en motivo de atención y acciones para un barrio, un pueblo.

Cuando un periodista es aniquilado —y con él la historia— se corta la cabeza del “monstruo”. Y si a la ecuación se agrega impunidad, la mesa queda servida para los violentos.

 

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