Por: Columnista invitado

Prótesis judiciales

Por: Áxel Germán Navas Navas*

Hay cosas en nuestro país que aunque parezcan absurdas, completamente previsibles y evitables, siempre existirán. Una de ellas, por citar sólo un ejemplo, son las mesas cojas. No existe cafetería en que no haya una. Es una regla absoluta. No obstante, ante el desnivel siempre habrá una buena excusa o un arreglo instantáneo. Uno de estos, muy común, es el mecanismo de la “servilleta doblá” o la “tapita espichá”, como dice una señora costeña que atiende en uno de dichos lugares, el cual deriva su eficacia del número de dobleces que aguante el material con el que se hace la prótesis. Por falta de espacio no se explica cómo funciona este complejo invento.

Obviamente una mesa en esas condiciones suele generar consecuencias más o menos graves, como una corbata arruinada, unos papeles deshechos o una almojábana empapada en tinto. De esas tres la más espantosa es la última. ¡Guácatelas! Sobre el tema y adentrándose en el mundo de los sórdidos cafetines, así los llaman los escritores de novelas policiacas, que suelen estar llenos de leguleyos y probablemente de ahí el calificativo, surge una cuestión interesante: ¿Qué posiciones jurídicas se asumirían ante el daño?

El dueño del establecimiento seguramente argumentará que él no es responsable, pues es una presunción “cuasi” de derecho que las mesas sean cojas, por lo que se está ante un evento de responsabilidad exclusiva de la víctima y, agregará, que si lo demandan llamará en garantía al fabricante. El leguleyo, con una mancha más y nueva en su corbata, pedirá una indemnización de perjuicios invocando una responsabilidad contractual, pues considera que la obligación del vendedor es de resultado, por lo cual ella se extiende hasta que el café, como dice la canción, se convierta en “agüita amarilla”. Y la señora costeña dirá, luego de que otro leguleyo con un Código Civil viejo la haya asesorado, que se trata del hecho de un “criado” o “sirviente”, por lo que quien debe responder es el “amo” y no ella. Pero que adicionalmente también reclamará, pues se quemó, por lo que acudirá a la administradora de riesgos laborales.

Esta escena de nuestro diario vivir, donde nadie quiere aceptar sus responsabilidades y a toda costa se busca trasladarlas a los demás, permite afirmar que si la justicia cojea, como si fuera una mesa, ello no se debe a las instituciones, sino, tristemente, al material humano de nuestra nación. Por eso ella, que de por sí no debe ver aunque no es ciega, no aguanta una “prótesis” más, llámese referendo, acto legislativo o lo que sea. De igual manera a la Constitución, que no es una servilleta, tampoco se le pueden hacer más dobleces. Por eso, hablando de líos de patas, mi abuelito que era medio sabio decía: “No hay que creer en cojera de perro ni en lágrimas de mujer”.

*Magistrado auxiliar del Consejo de la Judicatura.

 

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