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Protesta

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Me pregunto si algún día, antes del 7 de agosto del 2022, el partido de gobierno dejará de hablar de la “funesta herencia” que recibió Iván Duque y el presidente asumirá el país que juró gobernar. Tendría que dejar de justificar lo injustificable, mirar la realidad de frente y llamar por su nombre a los riesgos, los errores y los muertos.

Aceptar que una guerra que sí existió dejó ocho millones de víctimas y reconocer que hace tres años se firmó en el Teatro Colón un acuerdo de paz que es preciso cumplir.

No se puede seguir ignorando la obligación constitucional de proteger la vida de todos los ciudadanos, y es inpostergable que el jefe de Estado entienda que su tarea va más allá de avalar a Nicacio, abrazar al prócer Maluma con las Cuatro babys y darle una cachetada a Cuba para congraciarse con Trump.

No sigan catalogándonos en “gente de bien” y “gente de mal”, menos aún cuando la gente de bien es la que estigmatiza y pide la militarización del país, y la gente de mal, la que entregó las armas y, a pesar de tanto y de tantos, sigue firme con la paz.

Urge que el partido de gobierno deje de ver complots en cada esquina, herencias perversas en cada rincón de la casa y amenazas comunistas en cada niño con mochila.

A 30 años de tumbado el muro de Berlín, el Centro Democrático encumbra el Foro de Atenas, para hacerle la contra al Foro de São Paulo. ¡A ver! ¿Que nos salve de los peligros de la izquierda un tanque de pensamiento manejado por la benévola ultraderecha? En serio: ¿les gusta un partido que disfruta la “última jugadita” para hacer trampas hasta el final y con su máster en falacias llevó a la gente a votar emberracada?

Tenemos muchas razones para protestar el 21. Nos sentimos maltratados como sujetos de derechos y nos duele cada peso público que se roban. Es más que justo salir a las calles a exigir que se acaben los genocidios contra líderes, indígenas y excombatientes. Nos duelen los niños bombardeados y la falta de entereza para poner la cara y reconocer que fue un fatal error.

El gran reto de los “protestantes” del jueves será no caer en las provocaciones recalcitrantes y acallar con voces de paz los gritos de violencia que nos aturden desde ciertas graderías. Aquí los prehistóricos son otros y nunca tendremos por qué imitarlos. Focus. A quienes marchen les pondrán zancadillas a cada paso que den; razón de más para no estar a la altura —mejor dicho, a la bajura— de las hostilidades.

Ni el vandalismo ni la represión nos salvarán de nada y solo servirían para demostrar lo que sucede en un país gobernado por más brujos que brújulas. Por eso quienes se infiltren para desacreditar el legítimo valor de la protesta, y hacerle de paso un gran favor a la derecha, tendrán que ser identificados y denunciados.

El paro deberá ser una demostración pacífica y multitudinaria de vida crítica, de rebeldía pensante, de no aceptación de lo inaceptable.

No comulgo con ningún desmán violento, venga de donde venga. Apoyo la protesta urgente, la protesta necesaria y merecida, la protesta valiente que no necesita caer en las trampas de la violencia para mostrar que tiene la fuerza de la razón.

Poco antes de enviar esta columna, el documental La negociación recibe en Marruecos el premio del Festival International de Cinéma et Mémoire Commune. Felicitaciones a Margarita Martínez, permanente aliada de la paz, de la denuncia cierta y el arte de contar la verdad.

ariasgloria@hotmail.com

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